07Ene
2016
Escrito a las 11:11 am

Artículo publicado en mi sección quincenal de La Nueva España el 7 de enero de 2016

Europa inicia un año complejo en el que se reta, de nuevo, nuestro compromiso con la puesta en planta de instituciones supra-estatales para ordenar la globalización y ofrecer unos servicios a la ciudadanía fruto de nuestros valores europeos. Los desafíos son hercúleos y las amenazas muy notables, pero resulta necesario continuar trabajando para que este proyecto, el único que puede albergar alguna posibilidad de éxito bajo los paradigmas de una economía social de mercado y un Estado de Bienestar protector, continúe con aliento.

Los desafíos parten de las dificultades institucionales para hacer funcionar a la Unión. Los Estados aún retienen buena parte de la soberanía en cuestiones fundamentales: política fiscal, fronteras y seguridad, política exterior, etc. Sin embargo, aun teniendo tal soberanía formal no tienen la capacidad técnica para implementarla. Ni pueden fijar impuestos a los grandes patrimonios o multinacionales que eluden sin mayor dificultad, ni pueden controlar solos sus fronteras, ni garantizar la seguridad de los ciudadanos. Por contra, los ciudadanos si le exigen a la Unión resultados concretos en estos ámbitos sin conocer que el mandato formal para implementar tales políticas no le ha sido conferido. 

Tal es así que en cada crisis, la Comisión y el Parlamento proponen nuevas iniciativas que los gobiernos de los Estados bloquean, hasta que el problema llega a tal nivel que no tiene más opción que ceder. Lo hemos visto en la crisis de la eurozona, en la respuesta a los refugiados o en los ataques terroristas. 

La cuestión es que en el iter la opinión pública percibe que “Europa no funciona”, se deslegitiman nuestras instituciones y hay quienes exigen recuperar una legendaria soberanía perdida. Toda vez que el problema reside en que quien tiene la soberanía formal, los Estados, no tienen, como decía, la capacidad técnica para hacerla valer. Y de este conundrum, de esta falacia de quien quiere devolvernos a un supuesto mundo ordenado de los Estados-nación, nacen las amenazas para Europa.

Le Pen nos recuerda su posición en cada pleno parlamentario, grito al que se unen UKIP y otros grupos. Pero en esta trampa dialéctica también caen otros líderes de la derecha más institucional, de la izquierda y de los que se vanaglorian de no ser ni de derechas ni de izquierdas. Este discurso se adentra en una crítica sin alternativa al parlamentarismo, al equilibrio de poderes y a otras cuestiones nucleares de nuestras democracias. 

Confío en que este periodo con gobierno en funciones sine die en España, elecciones repetidas en Cataluña y bloqueos institucionales en otros territorios sirva de vacuna contra esa dialéctica soberanista, ya hablemos de naciones o de pueblos, y active la defensa de nuestra democracia y de Europa, que exige también una puesta al día constructiva de su funcionamiento.

 

 

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