07Sep
2018
Escrito a las 8:37 am

Artículo publicado en La Nueva España el 7 de septiembre de 2018

Empiezo esta columna consternado por el trágico accidente de autobús del pasado lunes en Avilés y sin conocer aún el número final de víctimas mortales. Es un horror que coincide, además, en una semana que se prometía muy feliz para nuestra comunidad, con la celebración del Día de Asturias y el aniversario en Covadonga, con la presencia de la Familia Real, y la participación también del Presidente del gobierno, Pedro Sánchez, en un acto de mi partido en Oviedo el domingo. Un accidente que se produjo, asimismo, horas después de la concesión a Moal, en Cangas del Narcea, del reconocimiento como Pueblo Ejemplar de Asturias, por los que le felicito. Quiero, pues, aprovechar esta columna para unirme al duelo producido por el accidente, y enviar un afectuoso abrazo a todos los damnificados, familiares y amigos y deseo confiar en la rápida recuperación de los aún heridos.

Dicho esto, las arenas bruselenses se mueven estos días en torno al Debate sobre el Estado de la Unión, que se celebrará el próximo miércoles en Estrasburgo, semanas después, por cierto, de la cita del líder de la Lega y ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, y el primer ministro húngaro, Viktor Orban. Las elecciones europeas ya se otean en el horizonte de la próxima primavera y comienzan a visualizarse claramente los debates que polarizarán la campaña.

La ciudadanía europea deberá pronunciarse sobre una cuestión nuclear en el sistema democrático que no es otra cosa que los propios principios fundacionales de nuestra Europa. Por una parte, los Salvini, Le Pen u Orban parecen volcados en construir un “movimiento europeo” contra la propia idea de Europa. La globalización, las migraciones, la revolución tecnológica o los desarrollos médicos y genéticos han elevado la incertidumbre de la ciudadanía en todo occidente. Ante el miedo al futuro, parte del electorado parece haber virado hacia el nacionalismo, la patria, la identidad nacional excluyente y otras cuestiones pre-contemporáneas. Esto no sólo alimenta un polo nacional-populista a la derecha, sino que incluso en la izquierda también prende una cierta renuncia al “internacionalismo”, a la vocación universal de los valores progresistas, protegiéndose en otras categorías nacionales, como el movimiento de Jean Luc Melenchon. Este debate ya lo vimos en Francia durante la segunda vuelta de las Presidenciales entre Macron, con una fuerte apuesta europeísta, y Marine Le Pen.

En este contexto político, se entremezclan la polarización política que cultivan los Salvini y cía y la difuminación entre izquierda y derecha que el Presidente francés alienta. En la medida en que, en uno y otro campo, aunque más claramente en la derecha, se crea un debate sobre la nación y el cosmopolitismo, los criterios tradicionales de voto también se alteran y ahí la izquierda progresista con vocación de gobierno se encuentra atrapada en un sándwich. Así pues, el reto de la socialdemocracia europea se va a situar en liderar claramente el proyecto europeísta, atendiendo también a las ansiedades de quienes ven el futuro con más incertidumbre que en el pasado, intentando anclar la búsqueda de certezas a la propia construcción de la Unión. Mientras, en el centro-derecha estamos observando también una tensión entre aquéllos que tientan a los demonios nacionalistas (lo estamos viendo en España) y quienes siguen aspirando a esa economía social de mercado europea que impregnó a la democracia cristiana durante décadas.

En fin, la próxima semana escucharemos y debatiremos con Juncker sobre la orientación de la Unión durante el curso político que se inicia y más allá. Daré buena cuenta en esta columna de las conclusiones del debate y animo a todos mis paisanos a celebrar las efemérides de estos días con el recuero del triste accidente con que se inició la semana.

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