En el Día de Europa

 

(Artículo publicado en el diario La Nueva España el 11/5/16)

El pasado lunes celebramos el día de Europa, recordando la declaración de Schuman, entonces ministro de Asuntos Exteriores francés, que en 1950 presentó las principales ideas sobre las que se inició la construcción europea. Un año después se firmaba el Tratado que alumbraba tal proyecto y que durante el último medio siglo ha dado un objetivo e insuflado una visión solidaria a nuestro continente.

Este año, la fundación Yuste otorgaba su premio Carlos V a los valores europeos a Sofia Corradi, la profesora italiana que lideró la puesta en marcha del programa de intercambio de estudiantes universitarios, conocido como Erasmus. El acto de entrega estuvo presidido por el S.M. Rey Felipe VI y contó con la intervención decidida del presidente del Parlamento Europeo Martin Schulz. En la ceremonia tomaron la palabra dos alumnos Erasmus, que expusieron con sensibilidad y rotundidad la influencia y el impacto en sus vidas de haber cursado durante un año académico sus estudios fuera de su país. Sus palabras y su compromiso como ciudadanos europeos emocionaron a toda la audiencia en un momento donde las malas noticias merodean a nuestro alrededor. Para mí, al menos, supuso una dosis de optimismo y de esperanza que tanto necesitamos, especialmente cuando en nuestro trabajo como eurodiputados nos enzarzamos en cuestiones que nos desesperan, y a veces nos cuesta encontrar fuerza para seguir batallando entre tanto euroescepticismo.

Probablemente, los Estados y sus gobiernos nacionales tienen una gran responsabilidad de esta distancia creciente con Europa, especialmente durante los últimos años cuando hemos visto tantas decisiones tomadas por ellos en nombre de la Unión tan alejadas de nuestros principios fundacionales. Pero también, nosotros mismos como eurodiputados no debemos estar haciendo todo nuestro trabajo correctamente, cuando nos es tan costoso presentar ante los ciudadanos que tales acuerdos, como el reciente firmado con Turquía a cuenta de los refugiados, no sólo están muy alejados del espíritu europeísta sino que no responden al sentir general del Parlamento y de la Comisión. De algún modo, a los gobiernos les está saliendo demasiado barato esas decisiones políticas, en la medida que la opinión pública pone en la diana a Europa y no a sus propios representantes nacionales.

En fin, permítame el lector concluir esta breve columna pidiéndole que no ceje en confiar en la Unión. Todas las decisiones que no compartimos aún serían peor sin nuestro concurso y cualquier proyecto de futuro, en favor de nuestra economía social de mercado y de nuestro Estado de Bienestar, necesita absolutamente de la supervivencia y la vitalidad de Europa.

Podemos recuperar esa llama que alumbró a Schuman y al resto de los padres fundadores de la Unión en la puesta en marcha de este gran proyecto. Necesitamos que la ciudadanía redoble su compromiso ante los abusos de muchos de los gobierno de la Unión. Adelante

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