09Ago
2018
Escrito a las 2:03 pm

Artículo publicado en La Nueva España el 9 de agosto de 2018

El debate europeo atraviesa un mes de agosto relativamente tranquilo, si bien es cierto que el Brexit continúa contaminando cualquier discusión y la política migratoria enfrentando al eje populista, liderado por Italia y Hungría, con el grupo de países más comprometidos, el gobierno socialista español a la cabeza. En todo caso, esta relativa calma anuncia tempestades, porque el otoño será especialmente conflictivo. Sin duda, el último trimestre nos traerá disputas adicionales en el cierre de las negociaciones con el Reino Unido, pero probablemente el presupuesto italiano para el próximo ejercicio abrirá un enfrentamiento muy complejo entre las autoridades comunitarias y el ejecutivo de Roma.

El gobierno de coalición entre Cinco Estrellas y la Liga acordó una serie de políticas presupuestarias imposibles. Por una parte, los populistas de Luigi di Maio prometieron disparar el gasto con nuevas prestaciones universales, mientras que los fascistas de Salvini introdujeron en el acuerdo de gobierno rebajas impositivas para todo tipo de contribuyentes, empresas y personas físicas. Ambas políticas son absolutamente incompatibles con los objetivos presupuestarios acordados con Bruselas, lo que adelanta un enfrentamiento de legitimidades. El gobierno italiano aducirá que tiene el mandato de las urnas y el respaldo parlamentario suficiente para avanzar en sus políticas, y la Comisión defenderá que los tratados le otorgan ese papel de supervisión y control presupuestario que no puede eludir.

Esta discusión será usada de nuevo por los euro-escépticos de toda Europa como una muestra más de la supuesta ausencia de democracia en la Unión, olvidando el reparto competencial entre instituciones pero, sobre todo, orillando la verdadera restricción presupuestaria, que no son las normas que nos hemos dado, sino el elevado volumen de deuda italiana. Ciertamente, los tratados han creado una serie de limitaciones fiscales de iure, pero las restricciones de facto las imponen la propia sostenibilidad de la deuda pública, y la italiana lleva jugando en el margen demasiado tiempo. Es decir, los tratados y los compromisos entre socios son vitales, pero más allá está un mercado de deuda que presta financiación a los Estados valorando el riesgo de esos créditos y que responderán con un incremento de los costes de financiación ante cualquier senda fiscal no sostenible. Entonces, los populistas y los fascistas italianos culparán a Europa y a “los mercados” de una confabulación contra la democracia, pero la responsabilidad recaerá exclusivamente en aquellos que prometen cosas imposibles.

Para evitar cualquier riesgo de contagio cuando el miedo se apodere de los inversores, de quienes gestionan por ejemplo los planes de pensiones de millones de europeos, nuestro país debe anclarse nítidamente a los compromisos adquiridos, mostrando un comportamiento responsable. En este sentido, la posición europeísta del gobierno de Pedro Sánchez y los acuerdos entre Moscovici y Calviño de hace unas semanas darán su fruto, garantizando un entorno más estable para nuestro país.

En todo caso, resulta especialmente interesante la reunión de Pedro Sánchez y Angela Merkel del próximo fin de semana en Doñana. Después de la visita de Macron en Madrid, que fructificó en una ambiciosa declaración sobre el futuro de Europa, la invitación a la Canciller alemana es un movimiento inteligente que apunta a la creación de un nuevo marco de relaciones entre nuestro país, Alemania y Francia para enfrentar los serios desafíos de la Unión, con Italia y el Reino Unido fuera de juego. El próximo curso político, con las elecciones europeas en mayo, será fundamental para fraguar una nueva Europa y nuestro país comienza a recuperar esa ambición europeísta que siempre ha liderado, por otra parte, el PSOE.

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