30Jun
2015
Escrito a las 7:50 am

Publicado en La Nueva España (30-06-2015)

El pasado viernes, la antigua troika, ahora denominada “las instituciones”, estaba cerrando un acuerdo con el gobierno griego para dar vía libre al desembolso de 7.200 millones de euros que debería permitir al país hacer frente a su complicado escenario fiscal hasta final de año. Con ese pago se cerraría el segundo programa de rescate que estaba pendiente desde el acuerdo entre ambas partes en el mes de febrero, donde se revisaron las condiciones del mismo. De este modo, las instituciones y Grecia llevaban ya cuatro meses intentando definir los detalles del pacto alcanzado a principios de año. Las desavenencias entre ambas partes se reducían a unos 200 millones del programa de consolidación de los próximos dos años, cuando el Ejecutivo de Tsipras decidió convocar un referéndum para el próximo domingo. Probablemente, hubiera sido mejor haber cerrado por completo los detalles del acuerdo antes de convocar la consulta pero, en todo caso, el referéndum está ahí y Grecia debe decidir si quiere o no continuar en la zona euro y en la Unión Europea. No rechazo completamente la convocatoria del referéndum, aunque los plazos y el contenido del mismo se adivinan complejos, pero la pregunta debería cuestionar directamente sobre la permanencia de Grecia en la Unión. Y, por supuesto, confío en que Grecia continúe con nosotros.

Sin duda, exige una reflexión conocer cómo hemos llegado hasta, cómo y cuándo se “jodió el Perú”, como pregunta Zabalita en la ya memorable novela de Vargas Llosa. No iniciaré esta reflexión discutiendo el incumplimiento de Grecia en las condiciones de entrada en la zona euro, ni con el falseo por parte de sus gobiernos de todas las estadísticas que remitían a Eurostat o la Comisión. Creo que la responsabilidad de estos asuntos está repartida a medias, dado que unos mentían y otros miraban para otro sitio. Esta “doble moral” terminó como concluyó el juego en el bar de Rick en Casablanca tras el canto de la Marsellesa, que hizo “descubrir” al prefecto de policía Louis Renault el escándalo de que allí se apostaba. En esta ocasión, la Marsellesa fue el cierre de los flujos de financiación global tras la caída de Lehman Brothers.

En todo caso, deberíamos retrotraernos a 2010, al inicio del primer rescate que acabó conduciendo a un segundo dos años después, dado que las políticas de ajuste fiscal no sólo no animaron el crecimiento, sino que contribuyeron notablemente a deprimirlo aún más. Estos programas estaban inspirados en las típicas políticas de ajuste que el Fondo Monetario aplicó décadas antes en América Latina, con una “ligera” diferencia sobre el terreno: Grecia tenía un tipo de cambio fijo con el euro.

Ciertamente, Europa debería haber iniciado en 2010 la senda que se ha abierto tras las últimas elecciones europeas centradas en completar la zona euro, de tal modo que la Unión contara con los instrumentos necesarios para combatir la crisis de una unión económica completa, como han podido ejecutar Estados Unidos o el Reino Unido. Pero no. Entonces, en Europa no había una mayoría suficiente para dar ese salto institucional y la única opción disponible fue el ajuste deflacionario. El resultado es conocido y basta citar el derrumbe del PIB del país en un 25 por ciento.

En todo caso, después de cuatro años de penurias marcados por un ajustes del gasto público leoninos, Grecia terminó el año pasado con un incipiente crecimiento, un saldo de la cuenta exterior equilibrado y un resultado positivo del saldo primario de las cuentas públicas, aquél que se calcula antes del pago de intereses. Entre tanto, la mayoría política en Europa había cambiado también. El mayor peso relativo de los socialistas en esta legislatura, tanto en el Parlamento como en el Consejo y en la Comisión, alumbraban un futuro algo más esperanzador. En este sentido, la Comisión revisó el Pacto de Estabilidad, la herramienta con la que se había fustigado a los países con déficits públicos abultados en los últimos años, se lanzaba un plan de inversión europeo y anunciaba otra política tributaria. Y todo ello, con el cierre de la Unión Bancaria, el inicio de la reforma institucional de la zona euro y el debate abierto sobre la Unión Política. Todo ello, por supuesto, con el nuevo activismo del BCE de fondo. Sé que en España estos cambios no han tenido la relevancia pública que deberían, probablemente porque la senda neoliberal de la legislatura previa todavía sigue en el imaginario popular, pero es la razón de la recuperación de la actividad en nuestro país, que exige, por otra parte, otro gobierno de la nación para redistribuir justamente esa mejora entre los que lo están pasando peor. En todo caso, ni la pareja Barroso-Rehn es la misma que Juncker-Moscovici, ni el directorio Merkel-Sarkozy, con Berlusconi de fondo, es el mismo que la política de la “grosse koalition” en Alemania, Hollande o Renzi, ni, por supuesto, el equilibrio de fuerzas en el Parlamento es similar. Pues bien, ese nuevo entorno debería permitir una readecuación de la posición de Grecia y la llegada de Syriza al gobierno griego abría la puerta a una revisión profunda de las políticas aplicadas en el país.

En este sentido, el acuerdo de febrero refleja bien este giro en la medida que la condicionalidad de los socios europeos se ponía entonces, no en ajustes universales del gasto público, sino en la puesta en pie de un sistema fiscal robusto. Además se habilitaron partidas de gasto extraordinarias para abordar el programa de urgencia humanitaria, mientras se abría la puerta a revisar el objetivo de superávit primario. Asimismo, en el acuerdo del pasado viernes la Comisión se comprometía a lanzar un plan de inversión de más de 30.000 millones de euros específico para Grecia. De este modo, no soy capaz de entender la ruptura de la negociación, aun cuando al final el gobierno quisiera sacar adelante un referéndum.

Por todo ello, con un cierto grado de cinismo, barrunto que Tsipras no ha querido asumir el coste político de un pacto que no cumplía con todas y cada una de las promesas que Syriza había defendido en la campaña electoral, aun cuando el acuerdo despejaba el escenario presupuestario y dejaba la puerta abierta a una reestructuración de la deuda a final de año, tal y como sugirió Moscovici e incluso Merkel. Creo que Tsipras no ha querido asumir la responsabilidad para la que fue elegido, revisar la política económica en el marco de la zona euro en un momento en el que en Europa también se está reescribiendo. Ese paso podía suponer la pérdida de aquellos diputados de su propio grupo que desean salirse de la Unión, así como la de sus socios de gobierno del partido de extrema derecha y nacionalista de Griegos Independientes, así como el fin del flirteo con Rusia y China. Y creo también que el gobierno griego está jugando con fuego ante un referéndum en el que parece defender el “no” al acuerdo, pero ante el que Varoufakis ya se ha mostrado dispuesto a gestionar el “sí”. De algún modo, quiero pensar que Tsipras y Varoufakis confían en que esos dos tercios de la población que quieren continuar en Europa le permitan aprobar el acuerdo, aún con su posición pública en contra.

Sin duda, Europa ha pasado cuatro años equivocándose en sus recetas económicas, como hemos denunciado los socialistas, pero esa agenda ya se ha revisado y en el caso griego se apostaba por un programa de acompañamiento centrado en construir un sistema fiscal, un plan de inversión ad hoc y se abría la puerta a estudiar una reestructuración de la deuda. Sin embargo, honestamente, creo que Syriza no ha sabido encontrar ese espacio para construir sobre el pasado y abrir un periodo de crecimiento y de recuperación de las políticas sociales, acosado por fuerzas anti-europeas, a izquierda y a derecha, que la han conducido a un camino sin salida. Y en esta situación, debería haber una prolongación del rescate, al menos, hasta el domingo para minimizar los costes exógenos abiertos por la incertidumbre del referendum.

Por todo ello, considero que nuestro Perú particular se empezó a “joder” en la legislatura pasada y, por otra parte, el nuevo gobierno ha acabado la faena, en un país en el que ahora vemos largas colas ante los cajeros y con un “corralito” que sólo adelanta los aún más duros ajustes que tendrán que afrontar si deciden salirse de Europa. Sólo nos queda, pues, confiar en el pueblo griego que desea seguir con nosotros y continuar presionando para que ese viraje de la política económica encuentre un espacio para ofrecer un futuro mejor al país heleno. Seguimos, pues, esperando a Teseo para que nos libere del Minotauro, con nuestra ayuda que es la de Ariadna.

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