22Feb
2018
Escrito a las 7:42 am

Artículo publicado en La Nueva España el 22 de febrero de 2018

Hace unos meses el Club de Prensa de este periódico en colaboración con la Universidad de Oviedo organizó unas jornadas bajo el título “La Asturias que funciona”. Muy a menudo Asturias somatiza nuestro clima atlántico y nos sentimos envueltos en esos días nublados que acompañan nuestros cielos en estos días. Parece que esa misma niebla bloquea nuestra visión de largo plazo, nuestras ambiciones, y nos introducimos en debates auto-referenciales y melancólicos sobre lo que algún día fuimos en nuestro imaginario y la realidad complicada del presente. Esta actitud ante el futuro no deja de ser un lastre, un peso muerto que nos impide aprehender el futuro con esperanza.

Esta semana conocíamos los datos de comercio exterior de España para el año 2017 con desagregación geográfica. Si el país en su conjunto logró un aumento de las exportaciones del 8,9 por ciento en el ejercicio, Asturias cifraba una expansión del 19,4 por ciento, con un peso muy notable de las semi-manufacturas no químicas y bienes de equipo, que explican casi dos terceras parte de todas nuestras ventas al exterior. Además, mientras que en España el balance comercial se mantenía en saldos negativos crecientes, nuestra región presentó un superávit comercial de más de treinta millones de euros.

Estos buenos datos aún serían mejores si computáramos en estas series la evolución de las exportaciones de servicios. Cada día es más difícil la cuantificación de los flujos comerciales en la medida que buena de parte de ellos se centran en servicios de muy distinta naturaleza cuya estimación resulta muy compleja. En todo caso, bienes o servicios, la región está mostrando un dinamismo importante, en una economía todavía convaleciente de las reconversiones, que han dejado una población activa muy reducida.

En los últimos años, he centrado una parte importante de mi tiempo en la región a conocer de primera mano esa Asturias que funciona. Sin duda, mis preocupaciones están con aquellos sectores y personas con problemas puntuales o estructurales, pero no he querido dejar de acompañar esas aventuras de éxito que nos dan una esperanza nítida sobre nuestro futuro. En este tiempo he conocido pequeñas y medianas empresas en todos los sectores de la economía, desde el primario a los servicios pasando por la industria, que están registrando crecimientos notables, centrados en un mercado global donde tenemos mucho que ganar, gracias también al apoyo de la Administración en educación y respaldo empresarial. Mucho nos queda por hacer, pero hay un relato optimista sobre Asturias, más allá de los titulares periodísticos, centrados casi siempre en los problemas. Ya saben “bad news, good news”.

En este sentido, percibo a veces una cierta disonancia entre esas apuestas de éxito y el debate público regional. Probablemente estas empresas, donde socios y trabajadores van al unísono, conscientes de compartir un destino común, más allá del debate necesario sobre el reparto de esos excedentes, centran su actividad exclusiva en el rumbo de sus compañías. Quizá eso esa, en parte, la razón de su excelente comportamiento. Pero también me atrevo a invitarles, a sugerirles, un mayor activismo público, una mayor presencia en Asturias con una ambición que transcienda sus preocupaciones del día a día, adoptando así un espíritu “kennediano” que les interrogue sobre lo que ellos pueden hacer, aún más, por Asturias.

Nuestra región necesita nuevas voces que ayuden a configurar las políticas públicas. En Asturias urge esa visión global, esa vocación de transcender a nuestra neblina para entregarse a los retos de nuestro tiempo. Estamos en el buen camino, necesitamos ambición. Sed de futuro.

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