27Oct
2017
Escrito a las 9:31 am

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 27 de octubre de 2017

En los primeros años del presente siglo, en mis años en la Universidad de Oviedo, los jóvenes de entonces vivíamos en una burbuja de estúpido idealismo. El fin de la historia de Fukuyama con la universalización creciente de la democracia liberal y la economía de mercado, o las conjeturas sobre el fin de los ciclos económicos, nos situaban ante un futuro de seguridad y estabilidad económica. Aunque muchos de nosotros estábamos ya en la batalla política contra esos paradigmas, en nuestros elucubraciones sobre el futuro no lográbamos adivinar un mundo absolutamente incierto como el actual.

En ese entorno, recuerdo a Óscar Buznego, nuestro profesor de Ciencia Política, explicar la teoría del post-materialismo de Ronald Inglehart que, aunque enunciada décadas antes, en esos años cobraba especial relevancia; una vez cubiertas las necesidades materiales en un entorno de seguridad, valores como el feminismo, el antimilitarismo, el ecologismo o la solidaridad internacional, entre otros, cubrirían el debate público. Este campo se abrió hacia la defensa de las minorías y de sus libertades individuales aunque enmarcadas, en todo caso, en la pertenencia a un grupo.

Todo esto generó un discurso político, especialmente en la izquierda, focalizado en aunar nuevas mayorías políticas a través de la conjunción de los intereses de unos u otros colectivos en una sociedad fragmentada, no ya por las cuestiones materiales, económicas, sino por sus identidades o inquietudes personales. Recientemente, Mark Lilla ha publicado “The one and future liberal”, donde defiende que la decadencia de la izquierda en el presente se debe a esta evolución post-materialista, alejada del diseño de un proyecto esencialmente de mayorías.

Acertado o no en su análisis, en que ese cambio esté en la raíz de la crisis actual de la izquierda, sí es cierto que ese viaje se produjo. En España resulta relativamente sencillo comparar los gobiernos de Felipe González con los de José Luis R. Zapatero. Los primeros centrados en la reconversión y modernización económica junto al incremento de la recaudación fiscal con los que financiar el desarrollo de la nueva sanidad universal y la educación; los segundos volcados en el desarrollo de libertades individuales y el reconocimiento de las minorías, como defendió Pettit en el marco del republicanismo cívico. Ciertamente, la acción política es contingente, sujeta a la realidad de cada momento, y no es el objetivo de este artículo realizar juicio extemporáneos, simplemente constato esa reorientación en la medida que sustenta ese paso hacia al post-materialismo.

El problema de fondo ha venido cuando del post-materialismo se ha pasado, sin sostén alguno, de la ciencia política a la psicología social: la “política del relato”. Bajo esta nueva moda, la realidad sólo existe en la medida en que se logre contarla adecuadamente. Las necesidades objetivas, las amenazas o las oportunidades son accidentales, instrumentales en cualquier cosa a la historia que se desea vender, en una versión revolucionada del “nada es verdad ni mentira” de nuestro Ramón de Campoamor. Lakoff y “su elefante” explicitan perfectamente ese paso de la política a la publicidad. Así las cosas, puede adelantar el lector que de ahí a la post-verdad de Ralph Keyes, tan en boga en el presente, no hay más que un paso. Uno se sigue de lo otro.

Este mundo político del “relato” y la post-verdad están en la base de buena parte de las actuales tribulaciones de las democracias occidentales. La última crisis económica nos ha recordado las razones materiales que subyacen a la batalla ideológica y política. El crecimiento de la pobreza y de la desigualdad pero, sobre todo, la percepción de un futuro robado junto a una globalización que dificulta la acción política, el ejercicio de la soberanía, que por otra parte ya sólo se podrá recuperar a través de Europa, han disparado la entropía social, la ausencia de referencias y la huida hacia tentaciones populistas, nacionalistas o soberanistas.

Por contra, la mayor parte del debate político parece seguir jugándose en esas batallas comunicativas y publicitarias. Mientras la ciudadanía ha recobrado las preocupaciones materiales, la política se vuelve más y más sentimental, en la búsqueda del lema para ese día o del tweet para cada momento. Estamos, a fin de cuentas, ante muchos políticos que confunden la realidad, que niegan como evidente, con los cuentos, con los “relatos” que construyen como paradigma de la publicidad política.

El resultado de esta disonancia es una desorientación creciente. El mundo de los relatos se traduce al final en un problema de credibilidad que contribuye a disparar las incertidumbres de la ciudadanía que perciben con preocupación la ausencia de referencias políticas en un mundo global. Y ahí, unos ciudadanos aceptan dar el salto mortal hacia las ensoñaciones apoyando a líderes populistas que, al menos, parecen tener un plan, aunque sea cargado de mentiras (el actual paradigma de la post-verdad) dispuestos a auto-engañarse como respuesta a esa entropía política. Mientras otros se mantienen fieles a sus partidos tradicionales más por el recuerdo del pasado que por las promesas de futuro que no siempre parecen consistentes.

Por ello, ha llegado el momento de la verdadera política, aquella que ni se deja llevar por los populismos ni tampoco trata a los ciudadanos como menores de edad. Toca marcar posición y enfocar un camino, disputando el espacio público sin mirar atrás. Aún tenemos la oportunidad de entender que la política no debe inventar problemas para ofrecer luego soluciones, sino tratar directamente las patologías reales que todo el mundo observa. Tratamientos que no son taumatúrgicos ni automáticos pero que deben ser explicitados con claridad para hacer partícipe al conjunto de la ciudadanía de su resolución. Se necesita recuperar la credibilidad y la auctoritas en la política. Nuestras sociedades necesitan más que nunca ese liderazgo, aunque otros políticos se entreguen a la post-verdad o deambulen al son de las encuestas. La credibilidad no es otra cosa que la confianza en que se actuará con un criterio coherente ante las contingencias del porvenir que son, por otra parte, imposibles de adelantar. Y esa credibilidad, esa confianza, se gana en la arena política de cada día, fandajándose con el adversario e iluminando un horizonte, alejado de las invenciones publicitarias de corto recorrido. Estamos a tiempo

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