15Jun
2017
Escrito a las 8:12 am

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 15 de junio de 2017

El Reino Unido ha votado y el resultado ha configurado un parlamento con dificultades notables de gobernabilidad, especialmente en el marco de la negociación del Brexit. Si el resultado del referéndum ya abrió multitud de incógnitas, en la medida que cristalizó un país profundamente dividido, social y territorialmente, con dificultades evidentes para conformar una plataforma firme de negociación (recordemos que el 48,1 por ciento de los británicos votaron por el remain), estas elecciones han amplificado esos problemas. Sin duda, se podría pensar que un Reino Unido dividido supone una baza en la negociación, pero tener un interlocutor con autoridad, para bien o para mal, es absolutamente necesario para el periodo que se abre.

Theresa May convocó unas elecciones innecesarias. El Partido Conservador tenía una mayoría absoluta en Westminster. Sin embargo, la Primer Ministra prefirió adelantar los comicios para ganar autoridad, especialmente en el seno de su partido, y ampliar espacios de maniobra en la negociación. Hay quien dice que May aspiraba con el discurso del Brexit duro a lograr una mayoría amplia para negociar después una salida más blanda, que podría liderar con ese amplio apoyo popular. El resultado no ha podido ser peor para sus intereses, fuera ese u otro sus auténticos objetivos. La Primera Ministra ha perdido cualquier tipo de gravitas, su Partido está aún más dividido y tendrá que negociar una mayoría parlamentaria con los protestantes de Irlanda del Norte, el Partido Democrático Unionista, una formación ultra-conservadora heredera de los discípulos del reverendo Ian Paisley. Por otra parte, el laborismo de Corbyn ha logrado elevar sustancialmente su apoyo y veremos qué papel juega en la negociación del Brexit.

Así pues, la Unión Europea puede que tenga que retrasar el inicio de las negociaciones nuevamente a la espera de que el nuevo gobierno obtenga el respaldo parlamentario. Este aplazamiento achicaría aún más el tiempo para alcanzar un acuerdo, que concluye a finales de marzo de 2019, y cuyo ampliación por dos años adicionales se antoja complicada dado que esa decisión necesita unanimidad en el Consejo Europeo.

En estos momentos, la Unión, liderada por Michel Barnier, ha planteado la negociación en dos etapas. En primer lugar, se necesitan acordar los derechos de ciudadanía post-Brexit, la factura de salida y la estabilidad de la frontera norirlandesa. Los socios europeos quieren consolidar los derechos de ciudadanía de todos los residentes europeos en el Reino Unido, aplicando reciprocidad a los británicos en el seno de la Unión. Además, el Reino Unido debe hacer frente a los compromisos de pagos adquiridos, al tiempo que el acuerdo que se alcance no debe poner en cuestión los acuerdos de paz de Viernes Santo en Irlanda del Norte. Este paquete debería ser acordado en el próximo otoño, aunque es cierto que especialmente en lo referente a la factura de salida, el guarismo concreto, tendrá difícil consenso a la espera de la negociación de la siguiente etapa.

En este sentido, la segunda fase se centrará en el marco de relaciones del Reino Unido con la Unión Europea. El Brexit debe dejar claro que no se puede participar en el mercado único sin aceptar el resto de libertades de la Unión y, por lo tanto, será necesario negociar un acuerdo de comercio e inversiones (no podemos aislar ni aislarnos del Reino Unido), pero este tratado estará en todo caso bastante alejado de las actuales pretensiones del gobierno británico. Esa negociación debería realizarse durante todo el 2018 para tener el acuerdo cerrado a finales de año, para así acometer la salida en la primavera de 2019, quizá con un periodo transitorio.

En fin, este es el marco de negociaciones para la salida del Reino Unido y estamos, pues, a la espera de conocer las posiciones de la contraparte. Como dijo Juncker no estamos ante un “divorcio amistoso” pero todos esperamos que se resuelva en tiempo y forma. El Brexit supone, por otra parte, una oportunidad para acelerar la tan necesaria integración política de la Unión Europea. Presión, fuerza y esperanza.

 

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