21Dic
2017
Escrito a las 6:29 am

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 21 de diciembre de 2017

Justo en estos momentos, mientras usted se toma el café de primera mañana o lee el periódico a media tarde, los catalanes están votando quizá en la cita electoral más importante desde el referéndum constitucional de 1978. La carrera independentista hacia ninguna parte ha logrado congregar a casi la mitad de los ciudadanos de Cataluña y ahora se dilucida si acaban de arrojarse por el precipito de la historia o deciden abrir un nuevo tiempo cerrado en la recuperación de la convivencia. Una concordia que primero deben acordar entre ellos mismos, para pasar después a restañar las relaciones con el resto de España, en el marco europeo del “estado de derecho”.

De algún modo, estas elecciones han tomado un carácter plebiscitario, de ese que gusta a los amantes de la democracia directa, pero que ejemplifica claramente las limitaciones de esos modelos: los disputas nucleares de cualquier sociedad no se dilucidan con mayorías exiguas de uno u otro signo, sino con pactos; lo que exige una democracia representativa con pulso.

En fin, esta semana visité Barcelona para mantener varias reuniones de trabajo en torno a varios proyectos legislativos que me traigo entre manos en el comité de asuntos económicos y monetarios del Parlamento. Aproveche mi estancia también para asistir a un par de actos del PSC, y arropar y apoyar la candidatura de Miguel Iceta a la presidencia de la Generalitat. El lunes participé en un seminario sobre el futuro de Europa y su implicación en los problemas de Cataluña, y el martes estuve en el acto de cierre de campaña en Cornellá, el corazón del núcleo rojo del área metropolitana de Barcelona. (Escribo estas líneas en el tren de vuelta a Madrid en el “día de reflexión”, para viajar después a Asturias).

Pues bien, el martes noche, tras el fin de la campaña y al concluir una cena con amigos y compañeros del PSC, varias personas que habían escuchado nuestras conversaciones políticas desde una mesa cercana se acercaron a nosotros con ánimos encendidos. Nos increparon directamente y nos invitaron a dilucidar nuestras diferencias en el exterior del local, ante la mirada atónita de los que allí estábamos charlando tranquilamente. En todo caso, lo peor estaría por venir. Ante el follón, con varias personas ya de pie intentando evitar cualquier inconveniente mayor, un camarero se acercó para ayudar a suavizar la situación, mientras uno de sus compañeros le preguntaba desde el otro lado de la barra qué ocurría. Su respuesta fue: “lo de siempre, un lío de banderas”. Lo de siempre.

Finalmente, las personas que nos increparon por disentir en nuestras opiniones, que habían estado escuchando a hurtadillas, se fueron y cuando recobramos cierta tranquilidad volví a pensar en “lo de siempre”. Ni era la primera vez, ni suponía un suceso poco frecuente. Ciertamente, la convivencia está muy tocada en la sociedad catalana, aquella que una vez fue faro y guía para el resto de España y que ahora se ha retrotraído sobre lo peor de nuestra historia, de la historia conjunta de nuestro país.

Pues bien, hoy se dilucida en las urnas catalanas que “lo de siempre” pasé a ser de nuevo “lo de antes”. Y si lee, querido lector esta columna a final del día, con el recuento ya hecho, espero que podamos celebrar el inicio de un nuevo comienzo.

 

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