01Jun
2017
Escrito a las 10:42 am

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 1 de junio de 2017

“Los tiempos en que podíamos depender completamente de los demás están, hasta cierto punto, superados”. Esta frase pronunciada por Angela Merkel tras la reunión de la OTAN en Bruselas y la cumbre del G7 en Italia la pasada semana han cristalizado el momento de pasar a una nueva etapa en Europa. Si la presidencia de Trump en Estados Unidos está teniendo alguna virtud, esa no es otra que la asunción de la nueva realidad geopolítica global por parte de los europeos. Obama inició la reorientación de Estados Unidos hacia el Pacífico, centrado en gestionar la emersión china y la búsqueda de un entorno estable en esa zona del mundo, mientras se intentaba encapsular a una Rusia con renovados impulsos imperialistas en un marco declinante. Siendo sinceros, Europa no fue nunca un asunto prioritario para Obama. Ahora bien, de esa cierta desatención práctica unida, en todo caso, a un respaldo nítido al proyecto de integración europea, hemos pasado al desprecio del Presidente Trump.

En la campaña electoral oímos demasiadas boutades de la boca del candidato republicano sobre Europa, desde su respaldo al Brexit a cierto firtreo con Marine Le Pen lo que unido a su cercanía con el régimen de Putin no hacían presagiar nada bueno. Bien es cierto que la paralización del nombramiento del embajador ante la Unión Europea de una persona que había defendido la destrucción del propio proyecto europeísta o ciertos realineamientos en su acercamiento a China podían hacer presagiar una ruptura menor con las posiciones tradicionales de la Administración estadounidense, pero sus declaraciones y comportamientos durante estos días en Europa han vuelto a encender todas las alarmas.

En primer lugar, Trump aterrizó en Riad para redoblar su alianza con la dinastía saudí que vivía momentos bajos tras el acuerdo de Obama con Irán a cuenta de su programa nuclear. Su visita posterior a Israel sirvió para intentar trazar un acuerdo en Oriente Medio entre sunníes e israelíes contra los chiíes iraníes, en un momento, por cierto, donde se reelegía al moderado Rouhaní al frente del ejecutivo de Irán, un país que está haciendo esfuerzos para abrirse el mundo. También se reunió con el líder palestino, Abbas, en Jerusalén, donde anunció un posible relanzamiento de las negociaciones de paz, aunque con más vítores que credibilidad. En fin, no parece que la visita a Oriente Medio haya ayudado en el proceso de estabilización de la región y, más bien, se ve a una administración americana extemporánea, más volcada en las fotos que en el oficio diplomático.

De ahí, Trump viajó al Vaticano para ver el Papa Francisco que se había mostrado crítico con el discurso beligerante y xenófobo del presidente americano, para aterrizar después en Bruselas en la cumbre de la OTAN, en la que inaugurar, además, la nueva sede de la institución atlántica. Sus declaraciones machaconas sobre el incremento en gasto en defensa tomaron un nuevo cariz en la medida que evitó cualquier compromiso con el artículo 5 de defensa mutua presente en el Tratado. La Administración americana ya había exigido en multitud de ocasiones en el pasado el cumplimiento del compromiso de situar el gasto militar en el dos por ciento del PIB, pero esta reclamación ha pasado a otro nivel cuando Trump parece desentenderse del objetivo final de la alianza.

Ciertamente, los países europeos deberán elevar su inversión en defensa pero es importante destacar que esta política se engloba en otra más amplia, la de seguridad, donde los europeos invertimos bastante más que Estados Unidos. Seguridad también es haber situado a la Unión Europea como primer donante de ayuda al desarrollo en el mundo. Seguridad también es la cooperación al desarrollo. Y en estos campos, no podemos aceptar lecciones de nadie.

En todo caso, Europa ya avanza hacia la constitución de la unión de la defensa, un reto que se va a acelerar en los próximos meses,  a la vista también de las amenazas rusas. Recordemos que este viaje de Trump ha coincido con nuevas revelaciones de la oscuras relaciones entre el presidente americano, su familia y Putin.

En fin, la cumbre G7 tampoco fue mejor. Trump evitó reconocer siquiera los problemas derivados del calentamiento global, y acabó aceptando una mínima declaración contra las tentaciones proteccionistas.

Así las cosas, como recordaba Merkel, Europa debe dar un paso adelante, todos expectantes, por otra parte, del resultado de las elecciones alemanas, que debe abrir un periodo de mayor compromiso después de estos años marcados por la austeridad. Queda mucho por hacer para dotar a la zona euro de los instrumentos de política económica necesarios para gestionar crisis. Queda mucho para adoptar una auténtica política de libertad de movimientos, gestión de fronteras y acogida de refugiados común. Queda mucho por disponer de una política de inteligencia que persiga los atentados yihadistas Y queda mucho para cerrar un modelo de defensa común. En todo caso, todo esto está ya sobre la mesa, ante una realidad completamente descarnada. La batalla continua por una Europa federal.

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