De Villalpando a “Petit Pop”, pasando por Atacama

Artículo publicado en La Nueva España el 17 de mayo de 2018

A finales del siglo pasado y durante los primeros años del actual, Asturias experimentó una notable emigración de una generación de jóvenes que buscaron caminos profesionales más allá de nuestras fronteras. La reconversión industrial había reducido el tamaño de nuestra economía, a través de las políticas que reducían la población activa mediante apoyos públicos, y la generación del baby boom no tenía donde emplearse. Ese ajuste se produjo minimizando los costes sociales pero es cierto que parte de él se trasladó de una generación a otra.

A diferencia de los movimientos migratorios en otros momentos de la historia, en esa ocasión el perfil del emigrado respondía a recién egresados de la Universidad de Oviedo o profesionales cualificados en distintos sectores productivos. Es cierto que esa emigración era fruto, en parte, de las dificultades para hacerse hueco en el mercado laboral regional, pero había también una dosis de aventura o de ambición entre una juventud bien formada que aspiraba a todo, en una época aún marcada por el optimismo de la década de los 90. Estas características diferencian, por cierto, mi emigración de la siguiente ola tras la crisis financiera de 2008, en un entorno de pesimismo frente al futuro que aun arrastramos.

En mi caso, abandoné Asturias en septiembre de 2002 para estudiar un postgrado en Economía en la fundación del Banco de España, el CEMFI, tras haber pasado el curso previo (2001-02) entre el Reino Unido, estudiando inglés, y los cursos de doctorado del Departamento de Economía Aplicada y una beca en el área de Fundamentos a la espera de una oportunidad académica en algún centro de referencia.

Fuimos “leyendas urbanas” en un época de crecimiento; debate público al que respondimos con cierto orgullo. Fuimos quienes vertebramos nuevas asociaciones de asturianos en el exterior, especialmente a través de ASMA o ASBRU, ya fuera en Madrid o Bruselas, con el apoyo público de las nuevas sedes del Principado en ambas capitales. Y fuimos también la “generación Villalpando”, como nos bautizó el siempre irónico Maxi Rodríguez. Una generación que vio completar la autovía A-6 con el tramo León-Benavente, con los anhelos de reducir, aunque fuera marginalmente, la distancia con Madrid. Esperanzas vanas cuando ALSA decidió realizar el intercambio de conductores, no en Villalpando, sino en las cercanías de Tordesillas, sumando así una parada adicional donde perdíamos el tiempo ahorrado. Tramo, por cierto, donde Rajoy acaba de reducir el límite de velocidad ante el mal estado del pavimento, que debiera explicar el ministro Cascos responsable de aquellas lamentables obras.

En fin, esa generación sigue contribuyendo al desarrollo de Asturias. Algunos, pocos, han logrado volver. Otros, los más, seguimos por el mundo, manteniendo, en todo caso, ese compromiso con nuestra tierra. Incluso muchos se han enrolado también en ese Compromiso XXI fundado por mi buen amigo Diego Canga, testigo de otra emigración anterior. Y en mi caso, puedo servir a nuestra región desde el Parlamento Europeo, con una vida repartida entre Asturias, Bruselas, Estrasburgo y Madrid. Un trabajo que me está permitiendo conocer también el desarrollo de Asturias en estas últimas décadas.

Un tiempo en el que, aún a pesar de la crisis, aquéllos que resistieron sobre el territorio han logrado cambiar la faz de nuestra estructura económica, aún con un motor reducido pero de gran calidad y diametralmente diferente al que dejamos cuando emigramos hace dos décadas. Todavía esta semana concluía la fabricación del telescopio más grande del mundo, realizado por Asturfeito, ejemplo paradigmático de ese viraje de Asturias.

Es el momento, pues, de reencontrarnos para cooperar en la construcción de la Asturias que viene, después de esta última década donde desde el sector público se ha hecho lo indecible para resistir los embates de la crisis, cuando en otras comunidades han debilitado dramáticamente la asistencia sanitaria y educativa.

Y para ello, quizá podamos adoptar la estrategia de Petit Pop . Desde Asturias para el mundo (en castellano o asturiano), uniendo a las nuevas generaciones de aquí y de allí, pasando la asturianía de generación en generación y profundamente volcados en dirigir nuestro futuro. Soñemos con “hacer surf en la bañera” y en las estrellas de Atacama desde ese telescopio asturiano.

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