100 días de Comisión: Hacia una nueva acta única

Artículo publicado originalmente el 15 de marzo de 2025 en Agenda Pública. Puedes leerlo completo haciendo click aquí. 

La Unión Europea se encuentra en un momento crucial en su historia, quizá con desafíos similares a los que justificaron su fundación tras la II Guerra Mundial. A los problemas exclusivamente económicos internos derivados de la escasa productividad y crecimiento, expresados en términos actuales como «competitividad», se han unido las amenazas y las decisiones de la Administración Trump II, que ha dejado de ser formalmente un aliado, y las consecuencias presentes y futuras de la guerra de Putin en Ucrania. Al sur, al otro lado del Mediterráneo, la situación se mantiene inestable y nada apunta a una suavización de las tensiones actuales. Al este, los conflictos en Oriente Medio no encuentran cauce de estabilización, y más allá, en el Lejano Oriente, China observa los acontecimientos y despliega sus áreas de influencia, mientras sigue acumulando fuerzas a la espera de su momento.

La Unión Europea, como la propia democracia, están en peligro, en la diana de Putin, pero también de Trump, al igual que el desiderátum de un «mundo basado en reglas».

La vitalidad de la democracia, nuestro modelo de vida y la esperanza de un futuro con mayor prosperidad, equidad y sostenibilidad están en jaque. Y cuando todo esto está pasando, nos encontramos con el peor equilibrio de fuerzas en el seno de Europa, asistiendo atónitos a un deslizamiento de la ciudadanía hacia posiciones ultranacionalistas elección tras elección. El momento de actuar es ahora.

«La Unión Europea, como la propia democracia, están en peligro, en la diana de Putin, pero también de Trump, al igual que el desiderátum de un ‘mundo basado en reglas'»

En el ámbito estrictamente económico, el pasado septiembre se hacía público el informe Draghi sobre competitividad, encargado meses antes por la presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen, con el objetivo de disponer de una hoja de ruta en materia de política económica para su segundo mandato, elecciones mediante. Además, el informe Letta sobre el mercado único, encargado por el Consejo Europeo, aportaba ideas adicionales para esa nueva estrategia económica de la Unión. Ambos documentos alumbraban así una agenda de reformas para esta legislatura con la promesa de reanimar el lento crecimiento de la economía europea. Llegaba el momento, pues, de las decisiones políticas, del impulso de la Comisión y el trabajo legislativo del Parlamento y el Consejo.

En un marco de cierta continuidad respecto a la legislatura europea previa, Ursula von de Leyen logró el respaldo casi unánime del Consejo Europeo para enfrentar una nueva investidura parlamentaria, aunque sin el apoyo de la Italia de Giorgia Meloni o la oposición de la Hungría de Viktor Orban. Y finalmente, la mayoría proeuropea de populares, socialistas, liberales y verdes respaldaron su candidatura. De este modo, aun a pesar de su crecimiento en los últimos comicios europeos, las fuerzas nacionalistas y ultraderechistas se mantenían fuera de los espacios de decisión e influencia.

Ahora bien, en el otoño, durante el proceso para conformar y confirmar el Colegio de Comisarios nos enfrentamos a la realidad numérica de esta nueva legislatura, marcada por una mayoría derechista que el Partido Popular ha comenzado a instrumentalizar aún a riesgo de fragmentar el consenso proeuropeo. Es importante vindicar que la mayoría proeuropea sigue vigente en las instituciones comunitarias, pero la posibilidad que se le ha abierto al Partido Popular para conformar mayorías alternativas con las fuerzas políticas a su derecha ha generado ya una dinámica muy disolvente para el proyecto europeo.

Es decir, el PP tiene en su mano mayorías para sesgar la acción política a la derecha y adentrarse en sus batallas culturales, como ya estamos observando. Ahora bien, las recomendaciones de Draghi o de Letta solo tendrán viabilidad política sobre la mayoría proeuropea, con la que el Partido Popular está jugando.

A todo esto, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha supuesto un histórico shock al orden multilateral, a las relaciones transatlánticas y a la propia democracia liberal. Las primeras decisiones de Donald Trump, tanto en materia económica, como especialmente en el ámbito de sus alianzas internacionales, han abierto renovados y muy preocupantes frentes para la Unión Europea. Y de nuevo, solo una respuesta proeuropea coherente y fuerte puede encarrilar los nuevos retos para los europeos.

Así pues, si los informes Draghi y Letta alumbraban un camino para mejorar el crecimiento de la Unión, asentado en una agenda netamente proeuropea, los desafíos geopolíticos abiertos por la nueva administración Trump, la evolución de la guerra en Ucrania, las amenazas ciertas de la Rusia de Putin y las incertidumbres del papel global de China apuntan también a una mejora acelerada y profunda del proceso de integración europea. Sin embargo, el ambiente enrarecido que se percibe en Bruselas ante la estrategia del Partido Popular supone un serio riesgo.

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