40 años de autonomía. ¿Y ahora que?

28 diciembre 2018
La nueva España 

El Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) clausuró el pasado 20 de diciembre un ciclo de conferencias sobre el 40 aniversario del Consejo Regional de Asturias, coordinado por Roberto Fernández Llera. Un programa excelente donde se hizo repaso de estas cuatro décadas de autonomía, iniciadas en la transición con la presidencia de Rafael Fernández. En las distintas ponencias, que verán la luz en forma de libro en la próxima primavera, se recrearon los debates iniciales sobre la autonomía, de la mano de Leopoldo Tolivar Alas, se presentaron los retos económicos con Manuel Hernández, y culturales y sociales con Xuan José Sánchez Vicente y Amelia Varcárcel. El ciclo se cerró con una mesa redonda donde los presidentes Rodriguez-Vigil, Antonio Trevín y Vicente A. Areces, con la ausencia motivada del resto, repasaron sus legislaturas al frente de sus respectivos gobierno. Lamentablemente, mi presencia en Bruselas o en Estrasburgo me impidió asistir a las sesiones, (quizá en el futuro se pudieran retransmitir a través de internet) pero pude seguirlas fielmente a través de los medios de comunicación. Y probablemente la pregunta pertinente en estos momentos sería: ¿y ahora qué?

Desde un punto de vista institucional, la autonomía asturiana está plenamente establecida y reconocida por la ciudadanía, y Asturias está integrada en las corrientes culturales de nuestro entorno, enclavada en Europa y con una mirada especial hacia el otro lado del Atlántico, aunque aún podemos aportar bastante más al acervo cultural universal. En todo caso, los problemas debemos situarlos en la arena económica y social, cuyos efectos se ejemplifican en los retos demográficos. Estas dificultades están presentes también en otras regiones de España, y del conjunto de Europea, pero Asturias presenta algunos rasgos distintivos.

Asturias fue durante siglos una región remota y periférica. Una región con un peso poblacional en el conjunto del país muy reducido, pero con una Universidad histórica que producía talento y capital humano. Los siglos XVIII y XIX están plagados de personajes formados en nuestra Universidad que aportaron ideas y esfuerzo para el avance del país. Pero, al fin y al cabo, éramos una región pequeña y poco desarrollada con una influencia menor en el devenir de España.

A finales del siglo XIX se descubrió en nuestro subsuelo el carbón que habría de conducir la primera industrialización. Con carbón y agua (en nuestros ríos y en el Cantábrico), Asturias descubrió una ventaja competitiva en aquel entonces que pronto alimentó la producción de acero y energía, y con ello el desarrollo industrial, y después financiero. Podría decirse que el siglo XX situó a Asturias a la cabeza el país, gracias a unos factores naturales que nos favorecieron. En pocas décadas, Asturias dejó de ser una región deprimida a integrarse en la primera liga de las zonas industrializadas de España, ganando población y dinamismo social y político. Esa Asturias continúa, de alguna manera, en nuestras mentes cuando pensamos en nuestra comunidad.

Ahora bien, esas ventajas comenzaron a perfilarse menos relevantes en las siguientes fases de desarrollo, y tras la crisis del petróleo de la década de los 70 y las nuevas agendas de política económica, Asturias comenzó a perder tracción. Occidente iniciaba un camino desde las sociedades industriales hacia las tecnológicas, pero el peso de nuestro sector industrial en gran medida en manos del Estado, en Madrid, y las dificultades financieras de estas compañías, que respondían a causas internas pero también a un entorno global menos dependiente de nuestra producción, condujo a nuestro tejido productivo hacia una crisis profunda.

Ante esa tesitura, Asturias tenia dos opciones. Por una parte, se podría haber abordado una reconversión rápida, que eliminara aquellos sectores y empresas incapaces de subsistir en el nuevo entorno competitivo y global. Esta receta habría producido una sangría social y habría conducido a la emigración a miles de asturianos, de modo que la región habría sufrido un ajuste demográfico rápido. Muchos asturianos de mi generación se habrían criado ya lejos de Asturias y con unas economías familiares precarias. Frente a esta opción, se optó por un ajuste lento y pausado que ha marcado estas cuatro décadas de autonomía. Se impulsó una política de rentas que mantuviera el consumo y se evitara una crisis social lacerante. Con todo, mi generación pudo crecer y formarse en Asturias, pero el tiempo que se esperaba ganar para buscar alternativas para el futuro económico de la región se agotó sin revolución alguna. De este modo, los hijos del baby boom y las generaciones siguientes salieron al mercado laboral, con una economía que no permitía absorber a tantas personas, que de un modo u otro han ido saliendo de la región en las últimas décadas, contribuyendo críticamente a la crisis demográfica, vía reducción de la población y envejecimiento.

Una vez perdida la ventaja competitiva para un mundo industrial, que un día disfrutó Asturias, nuestro peso en España comenzó a retornar al promedio histórico, y descartado un ajuste rápido, aún seguimos bajo esa misma tendencia. Es sencillo, en ausencia de alguna innovación adicional que permitiera el mantenimiento de ese liderazgo asturiano, la re-orientación económica hacia los servicios dejó a Asturias sin sus ventajas naturales y, por ello, en una senda de ajuste que aún sufrimos. Bajo este esquema, la crisis económica y social de Asturias desaparecerá en algunas décadas. Los desajustes de renta y producción y el envejecimiento demográfico se evaporarán a medida que las generaciones más antiguas vayan desapareciendo. En la segunda parte de este siglo XXI dejará de existir de manera natural el “problema asturiano”.

Ahora bien, no creo que la mayoría de asturianos asuman este tránsito de una forma acrítica. Al menos, yo no. En el marasmo de ese ajuste pausado, se ha logrado reinventar parte de nuestra economía y basta ver la lista de los “Embajadores de Asturias” que ha impulsado el IDEPA, las empresas sitas en los distintos polígonos tecnológicos o la red de asturianos en el exterior con el deseo de contribuir a nuestro futuro para ser consciente de los movimientos tectónicos de estas últimas décadas. Sin embargo, nada de esto es aún suficiente.

Quedamos, pues, emplazados a debatir, al menos, hasta las próximas elecciones autonómicas de mayo qué podemos acelerar esas nuevas iniciativas y cómo podemos re-situar a Asturias no en la media de la historia, sino aún por encima de nuestro liderazgo durante el siglo XX. Y aquí surge un reto adicional fruto también de nuestra demografía y de sus efectos sobre el censo electoral. En qué medida el “votante mediano” es capaz de interiorizar los retos de medio plazo y las urgencias de los más jóvenes, que al final y al cabo son lo que más tiempo continuarán sobre la tierra, y esperemos que en Asturias por deseo propio, y cómo impacta todo ello sobre las ofertas de los partidos políticos. Atentos.