10 Sep Al presidente más joven (Asturias Diario)
A principios del pasado diciembre telefoneé a Antonio Trevín para hablar de alguno de los temas que tenía sobre la mesa en Bruselas. De manera periódica, pero sin una regularidad establecida, encontrábamos un hueco en las agendas para charlar sobre el devenir de la Unión, ya fuera por teléfono o ante un café en Asturias. En aquella ocasión, la conversación tomó otros derroteros. Unos pocos días antes le habían diagnóstico la enfermedad que a finales del pasado julio le habría de llevar de este mundo.
Aun a pesar de la gravedad del diagnóstico, encontré al otro lado del teléfono a un amigo fuerte, animado y convencido de dar la batalla a una enfermedad inclemente. Quedamos entonces en vernos en Navidades, encuentro que se produjo en Llanes y donde, de nuevo, vi a un Antonio empoderado y fiel penitente de la pasión política que siempre le ha acompañado. Hablamos en más ocasiones durante todo este año y, pocos días antes de que finalmente partiera, habíamos quedado de nuevo en vernos en agosto, encuentro que lamentablemente no se pudo producir. Que no se producirá ya nunca. Todo fue, ha sido, demasiado rápido, y con todo Antonio sigue, de alguna manera, con nosotros.
Conocí a Antonio en la campaña de las elecciones autonómicas de 1995. Yo había solicitado mi afiliación a las Juventudes Socialistas a finales del año previo y en aquellos meses hasta los comicios había venido colaborando en distintas actividades de campaña. Antonio era ya presidente del Principado y concurría a la reelección en unas elecciones imposibles muy marcadas por la situación tan complicada por la que atravesaba el PSOE a nivel nacional.
Antonio lideraba el ejecutivo regional desde 1993 y habría de ser, hasta el presente, el presidente de Asturias más joven de nuestra historia. Trevín tomó posesión de la presidencia de Asturias con apenas 37 años. Quizá este apunte en su biografía no ha sido suficientemente destacado.
Por supuesto, Antonio había sido ya alcalde de Llanes, municipio al que habría de volver más adelante, y desde el que saltó después a la dirección de la delegación del gobierno y al Congreso de los Diputados, y donde quiso regresar para retomar y relanzar un ayuntamiento que vio con él son momentos más estelares. Su recorrido político es de sobra conocido, y brilla con luz propia como uno de los pocos políticos asturianos con tan larga y exitosa carrera.
En fin, más allá del personaje público, más allá del político, Antonio era una persona cercana, afable, buen conversador, muy persuasivo en las distancias cortas y siempre pendiente de cualquier avatar social o político en cualquier geografía, aunque siempre prestaba un atención especial y central a lo próximo, al terruño, a su comunidad, a su familia entendida de una manera extensiva, la personal y la política. Sabía como nadie establecer complicidades, confianza, canales de comunicación y puentes entre distintos. A modo de un buen centrocampista futbolístico, Antonio hacía equipo, rehuía la exclusividad, sabía repartir juego, y cuidar la atmosfera en los vestuarios. Y de su bonhomía natural emergía ese animal político quizá más conocido por la ciudadanía.
Antonio nunca desfallecía, jamás cansaba. Era infatigable, inagotable. Y con ese espíritu afrontó la prueba más dura. Resulta complicado hablar sobre él en pasado. Es imposible.
Antonio, donde quieras que estés, el cariño que entregabas, aún te lo debemos de vuelta.
Sorry, the comment form is closed at this time.