Arellano, docente ejemplar

12 noviembre 2021
La nueva España 

Hace apenas un par de días, conocíamos la concesión del Premio de Economía Rey de España a Manuel Arellano, profesor de Econometría en el Centro de Estudios Monetarios y Financieros (CEMFI), una institución centrada en la docencia y en la investigación el área económica, fundada en 1987 por el Banco de España, a instancia de su entonces subgobernador y, más tarde, gobernador Luis Ángel Rojo. Este galardón reconoce la larga y extraordinaria tarea investigadora de Manuel Arellano, que difícilmente se puede condesar en este breve artículo.

Sirva como ejemplo de esta brillante trayectoria el hecho de que su artículo «Some Tests of Specification for Panel Data: Monte Carlo Evidence and an Application to Employment Equations”, elaborado junto a Steven Bond y publicado en 1991 en la Review of Economic Studies, alcanzaba hace unos meses las más de 10.000 citas en el repositorio de revistas de investigación económica. Esta cifra marca una referencia histórica y mide el impacto global de un paper en el que diseña un sistema matemático de estimación de obligado estudio para todos los estudiantes de postgrado en materia económica a lo largo y ancho del planeta. En la misma línea, su libro sobre el tratamiento matemático de los datos de panel supone también una referencia global. Éstos y otros trabajos hicieron a Arellano merecedor del Clarivate Citation Laureate in Economics y del Premio Rey Jaime I de Economía, que recibió en 2018 y 2012 respectivamente.

En todo caso, no querría centrar estas líneas en el repaso a su trayectoria investigadora, sino especialmente al ámbito de la docencia, en el que le conocí personalmente en sus clases de Econometría durante mi paso por el CEMFI, donde estudié entre los años 2002 y 2004.

Arellano ya era, por supuesto, una referencia cuando yo deambulaba por los pasillos de la Facultad de Economía de la Universidad de Oviedo, y recuerdo nítidamente cuando le conocí en el examen de ingreso al CEMFI en la primavera de 2002. Paciente con los candidatos -que nos arremolinábamos en el patio del edificio mientras identificábamos a los profesores a los que, hasta ese momento, solo conocíamos por el nombre- y supervisando el control.

Mantengo también en mi memoria su llamada, semanas después, a mi teléfono móvil, todavía no un smartphone, para comunicarme la admisión al programa de postgrado y la beca que me ofrecía el CEMFI. Imagino que los profesores de la casa se repartían las llamadas a los alumnos admitidos, pero me hizo infinita ilusión que Arellano gastase esos minutos conmigo al teléfono.

Después le conocí como profesor. Pese a que su asignatura era una de las más áridas, Arellano lograba explicarla con la sencillez de quien domina a la perfección una materia. Estimadores, modelos y ejercicios varios ocuparon aquellos meses en los que pude apreciar en él una vocación docente y una cercanía a los alumnos que no es habitual en quien presenta un perfil investigador como el suyo. Demasiados profesores centrados en sus publicaciones tienden a minusvalorar la responsabilidad de la transmisión de ese conocimiento. Manuel Arellano era y sigue siendo, según he podido saber por estudiantes de las siguientes promociones del CEMFI, el caso opuesto. Aprendí todo lo que pude en aquel curso y en alguna sesión más impartida en otras materias, pero te confieso, querido lector, que fue gracias a su magnanimidad como logré llegar al aprobado en su asignatura.

En fin, celebro este Premio y felicito a Arellano. Más allá de todos sus activos como investigador, me quedo con su bonhomía, humildad y cariño por sus alumnos. Personas como él engrandecen la noble tarea de la docencia y despiertan en las generaciones más jóvenes inquietudes que trascienden sus áreas específicas de estudio. Enhorabuena y gracias por todo, Manolo.