Crónica de dos semanas desesperadas: Encontrado el respirador para la economía europea

20 marzo 2020
La nueva España 

La victoria frente a la crisis del corona-virus se está dilucidando en las habitaciones de nuestros hospitales, en el trabajo de médicos, enfermeros y resto de equipos sanitarios, y en el cumplimiento disciplinado de las normas de confinamiento dictadas por las autoridades. Todo debe estar orientado a ganar esa guerra y no puede haber ruido o distorsión alguna que dificulte alcanzar nuestros objetivos.

Uno de los ruidos más insistentes en las últimas semanas ha sido la inestabilidad económica. La batalla contra el coronavirus exige medidas de confinamiento, que congelan la economía y a su vez políticas de sostenimiento de rentas, que faciliten esa hibernación, pero que no afecten a la capacidad de pago del propio Estado. Pues bien, después de dos semanas de debate, la UE ha comenzado a tomar las decisiones correctas, con la experiencia de la pasada crisis financiera y soberana muy presente.

La Comisión Europea anunció, en dos comunicados a lo largo de la semana pasada, la movilización de casi todos los euros que quedaban por gastar en los actuales presupuestos, complementando su propuesta para la creación de un fondo de inversión ad hoc para apoyar el refuerzo sanitario. Ciertamente, la Comisión no ponía dinero adicional sobre la mesa. No lo tiene. Simplemente re-orientaba fondos no ejecutados a esta nueva misión. Bien, pero claramente insuficiente. Estas dificultades deberían suponer una llamada de atención en la actual negociación del Marco Presupuestario 2021-27. Sin financiación, la Unión no puede hacer lo que la ciudadanía nos exige en temas donde a menudo no tenemos ni competencias. Pero ese es otro debate.

La Comisión hacía lo que podía con sus recursos, y a la vez abría la mano para que los Estados gastaran lo que consideraran oportuno (o pudieran financiar en los mercados) con la plena flexibilidad del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y la revisión de las ayudas de Estado ante posibles nacionalizaciones de distinta índole. Esta vía permitía que algunos Estados con una solida posición presupuestaria pudieran financiar ilimitadamente el respaldo a su economía, como anunció Alemania, pero no dejaba claro cómo otros países podrían pagar el esfuerzo público que la lucha contra el coronavirus estaba ya exigiendo, dado los elevados volúmenes de deuda en sus balances.

Por su parte, el Banco Central Europeo salía la pasada semana con una plan ambicioso que pasaba por garantizar la estabilidad financiera, observando puntualmente lo aprendido en la pasada crisis bancaria. Ofrecía nuevas líneas de liquidez a la banca para que mantuvieran la oferta de crédito, en algunos casos a tipos muy preferenciales, ampliaba en torno al 50 por ciento el volumen de deuda que podría comprar a los intermediarios financieros hasta final de año, para que empresas y gobiernos pudieran colocar sus bonos en el mercado, y rebajaba los requerimientos de capital para la banca. Además, en el comunicado se deslizaba la posibilidad de que el BCE comprara deuda proveniente de los distintos países de la eurozona en una proporción no similar a su peso económico. Se decía casi de perfil pero esto era clave para que países con mucha deuda en circulación pudieran seguir emitiendo con el compromiso implícito del BCE de re-comprar esos títulos, incluso más allá de esos limites proporcionales. Es cierto que el BCE no reducía tipos, pero lo hacía por un buen motivo: evitar estrechar aún más los márgenes de intermediación bancaria y sostener la oferta de crédito a la economía real a través del propio sector bancario.

En todo caso, Christine Lagarde se dirigió a la rueda de prensa posterior a la reunión del BCE con un mensaje central: “Esto no se resuelve solo con medidas monetarias, se necesita en primer lugar otra política fiscal”. Este mensaje iba dirigido directamente a los ministros de Economía. Ellos debían impulsar un programa de estímulo, pero debía ser implementado a nivel de la zona euro, y no en cada uno de los gobiernos de manera individualizada. Esa vía nos podría llevar a una crisis de deuda soberana como en 2010. Sin embargo, en una respuesta Lagarde patinó demasiado y afirmó que su trabajo no era frenar la primas de riesgo de las deudas públicas. Esta afirmación, aunque dirigida a presionar al Eurogrupo, disparó todas las alarmas de los mercados. ¿De verdad el BCE no iba a colaborar en la reducción de las primas de riesgo comprando deuda pública cuando fuera necesario? Sus explicaciones posteriores no sirvieron para reducir la incertidumbre y las tensiones que veíamos ya sobre las primas de riesgo comenzaron a ser más que preocupantes.

Llegamos al lunes, a la reunión de los ministros de Economía de la zona euro, el Eurogrupo, capitaneados por el portugués y socialdemócrata Mario Centeno. Toda la presión sobre sus espaldas pero pocas decisiones solidarias. Los ministros acordaron que cada Estado implementase un sistema de avales entorno al 10 por ciento de su PIB (100.000 millones en España) y un impulso fiscal extraordinario del 1 por ciento del PIB (10.000 millones en nuestro país). Sin embargo, nada apareció en el comunicado de un plan de estímulo conjunto y los programas nacionales, en el caso de Italia o de nuestro país, podrían generar dudas sobre su posible financiación. En todo caso, los ministros deciden seguir adelante, aunque el propio Centeno apuntó en la rueda de prensa que nos descartaban una intervención conjunta a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), pero nada de eso aparece en la nota de prensa pactada.

El MEDE es un fondo creado en mitad de la crisis de deuda soberana en 2011 para dar créditos a los Estados con problemas fiscales a cambio de una condicionalidad estricta. España recibió la financiación para su rescate bancario de esta institución. Lo relevante del caso es que el MEDE tiene por accionistas a los 19 Estados de la zona euro y, a su vez, puede emitir deuda para financiar sus programas de ayuda por la que responden de manera solidaria cada uno de los socios. Es decir, el MEDE emite una deuda que es una especia de eurobono. Emite deuda mancomunada.

Pues bien, la presión para que el MEDE emita esa deuda común y constituya un fondo para ayudar a los Estados de la eurozona a financiar esta batalla contra el coronavirus ya está en todas la mesas de debate. En el Parlamento, los portavoces de todos los grupos políticos relevantes, incluido el PP capitaneado por un alemán bávaro de la escuela más ortodoxa, emitimos un comunicado conjunto pidiendo a los Estados la posibilidad de avanzar por ese camino. El MEDE no está en la manos de la Comisión, sino en la de los gobiernos nacionales.

El martes las primas seguían subiendo. Los gobiernos nacionales continuaban comunicando sus planes, entre ellos España. Acuerdo en el Congreso, a excepción de VOX, para lanzar ese programa de avales y apoyo en la línea de lo acordado por el Eurogrupo. ¿Se podría financiar? Los mercados ya habían duplicado la prima de riesgo en nuestro país. La respuesta llegó en la madrugada.

El BCE anuncia un nuevo programa de compra de deuda pública y privada de 750.000 millones de euros hasta final de año que se puede prolongar o ampliar, que puede comprar deuda de cada país sin atender a esas limitaciones auto-impuestas, que el viernes previo el propio BCE deslizaba en su comunicado. Además, incluye a Grecia en el programa y reduce la calidad de los colaterales exigidos. Bazooka monetario. El BCE no había logrado convencer al Eurogrupo de la necesidad urgente de activar el MEDE pero sus errores de comunicación le llevaron, bajo su independencia y a riesgo de generar una nueva crisis soberana, a esta situación.

En este momentos, sólo nos queda acabar de activar el MEDE para dar una respuesta fiscal solidaria, que complemente los esfuerzos presupuestarios de los gobiernos nacionales, acompañados por el BCE. En ello estamos desde el Parlamento Europeo. Y queda desplegar eficientemente los programas nacionales de avales y apoyo, que permitan esa hibernación de la economía durante el periodo de confinamiento con el menor coste posible en términos de capacidad instalada. Este es el camino para reducir el ruido financiero y centrarnos en lo único importante ahora: acabar con este coronavirus.