El día de la ruina (La Nueva España)

Artículo publicado originalmente en el diario La Nueva España el 4 de abril de 2025.

En la segunda parte del siglo XV, la dinastía Ming, que rigió los destinos de China durante casi 300 años, hubo de tomar una decisión que marcó la sumersión del «Reino del Medio» durante largo tiempo en la historia de la humanidad: se deshizo de toda su flota imperial, quemó incluso toda la documentación de los viajes marítimos previos, y llegó a prohibir la construcción de grandes navíos. Las exploraciones marítimas del gran Zheng He se convirtieron, entonces, en cosa del pasado, y China se encerró sobre sí misma, de donde no habría de salir hasta finales del siglo XX.

Pues bien, el pasado miércoles, día en el que conocimos la renovada estrategia arancelaria de Estados Unidos, bien podría suponer un punto de inflexión similar, con efectos también calamitosos. El «Día de la Liberación», según bautizó Donald Trump a esa jornada, quizá acabe siendo recordado como el punto de inflexión de otra sumersión, en este caso de la de Estados Unidos, abriendo un mundo nuevo en el que los europeos debemos encontrar mejor acomodo.

Las motivaciones de Trump para justificar esta decisión son bien conocidas: Estados Unidos tiene un déficit comercial estructural que estaría desertificando la producción industrial local, los aranceles encarecen las importaciones y, por ende, su imposición acabaría de regenerar la producción nacional. Esta ecuación que parece sencilla de explicar tiene, sin embargo, notables fallas que espero ayudar a desentrañar en este artículo.

La balanza comercial, es decir la diferencia entre las exportaciones y las importaciones, incorporando no sólo los bienes, sino también los servicios y alguna otra cosa, que no detallaré por simplicidad, es la «cuenta corriente» de la balanza de pagos de una economía, cuyo resultado es exactamente igual, es una identidad contable, con la diferencia entre el conjunto del ahorro de ese país y el volumen total de inversión, una diferencia que se explica por la salida o entrada de capitales extranjeros. Es decir, si un país tiene un déficit en la cuenta corriente, la inversión será superior al ahorro en la idéntica cantidad que el flujo neto de capitales con el resto del mundo. De este modo, es imposible hablar de corregir los saldos comerciales sin asumir que esa corrección afectará de igual modo a la relación entre inversión y ahorro. Así pues, si una economía desea reducir su déficit por cuenta corriente, debe aumentar el ahorro local o hacer caer la llegada de financiación internacional para reducir la inversión total.

La pregunta siguiente sería qué determina en mayor medida esos saldos, si las decisiones de importaciones y exportaciones de los agentes económicos, o bien los flujos de movimientos de capitales de los agentes financieros. Bien podríamos decir que ese resultado es el fruto de las decisiones de todos ellos, agentes económicos y financieros, tomadas de manera descentralizada y en un mismo momento, pero en el actual mundo existe una clara dominancia de los movimientos financieros. Quiero decir con esto que los agentes financieros americanos e internacionales toman sus decisiones de ahorro e inversión, y el saldo resultante es lo que determina la balanza comercial. Así lo explica el economista Richard Baldwin en un «paper» publicado el pasado año al que hacía referencia Martin Wolf hace ya unos meses, en su siempre magistral columna semanal en «Financial Times».

De este modo, Estados Unidos, al fijar aranceles para reducir su déficit comercial vis a vis con los países que registran superávits frente ellos, acabará importando más de aquellos países con menores o ningún arancel, o exportando menos al resto de mundo, porque el saldo global de la balanza comercial está determinado por los flujos internacionales de capital, cuyos movimientos no se explican esencialmente por la política arancelaria de los mercados de bienes o servicios, sino por otros criterios más complejos sobre los que no me extenderé.

Sorprende denominar ‘liberación’ a lo que no es más que ruina; la política arancelaria de Trump está llamada al fracaso, y podría ser aún peor si decide establecer controles de capitales para reforzarla

Por consiguiente, el objetivo de Trump con su política arancelaria está llamado al fracaso, a no ser que complemente sus decisiones del «Día de Liberación» con otras órdenes ejecutivas, aún peores, que afecten al flujo de capitales, es decir, que imponga, por ejemplo, «aranceles» sobre la entrada de inversión extranjera en su economía.. Esto significaría recuperar los viejos controles de capitales que tendría un impacto estratosférico en todo el mundo, más allá de las cuestiones comerciales, y que podría suponer el inicio del fin de la dominancia del dólar como moneda de reserva internacional. El shock sobre la economía mundial sería muy profundo, y exigiría una reordenación de las finanzas internacional, en la que euro debería jugar un importante papel, aunque se aleja del objetivo de este artículo poner algo de luz sobre ese cambio.

Pero, además, las monedas digitales, que están «calentando» en términos deportivos desde hace tiempo, podrían salir al terreno de juego, especialmente las «stable coins», sin regulación alguna en los Estados Unidos, retrayéndonos al mundo previo a la existencia de dinero público. Es decir, hablamos de un escenario que nos retrotraería en la historia hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX, en el que la circulación de dinero emitido por los bancos comerciales privados era la norma y sobre los cuales no se podía asentar un marco financiero más o menos estable. Sorprende denominar «liberación» a lo que no es más que ruina.

En fin, los papeles del actual presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, Stephen Miran, recogen estas y otras elucubraciones similares, que amenazan todas ellas a la economía americana, y cuyos efectos se sufrirán más allá de sus fronteras, y como siempre, con más sufrimiento entre los países menos desarrollados, sean amigos o no de Donald Trump. Atención a Argentina, por ejemplo.

Por cierto, la caída relativa de la actividad industrial en Estados Unidos no es mayor a la experimentada en otras economías avanzadas con superávits comerciales. Es decir, los saldos deficitarios comerciales de los Estados Unidos tienen poco que ver con esa desindustrialización, que es casi universal en los países más ricos, con superávits o déficits comerciales. Las causas y los remedios están en otro sitio, y no pasan por aranceles, cuya lógica última acabará generando un daño enorme.

Así pues, desde Europa debemos ser conscientes de las ambiciones destructivas de la Administración Trump, sin llamarnos a engaños, ni retrotraernos a momentos más dulces. Los desafíos de seguridad a los que Trump está conduciendo a los europeos son similares a los retos económicos. No estamos ante un shock temporal, sino ante un cambio de paradigma, y no acabo de ver a los responsables ejecutivos de la Unión plenamente conscientes de la situación. Humanamente es razonable no querer verlo, pero la realidad nos aplasta.

Por último, el pasado domingo, Japón, Corea del Sur y China firmaban un acuerdo de libre comercio. El nuestro con Mercosur es urgente. Los mares no esperan y debemos estabilizar la nave. Aprendamos de los errores de los demás.

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