27 Oct Palabra de Draghi – La Nueva España
Artículo publicado originalmente en La Nueva España el 25 de octubre de 2025.
La naturaleza del dinero es inaprensible. Durante siglos, los economistas y otros académicos del ámbito de las ciencias sociales han debatido sobre la taxonomía y las cualidades del dinero y, si bien, se ha llegado a algunas áreas de consenso, el concepto del dinero continúa siendo huidizo. El valor y el precio siguen siendo cosas bien distintas, como afirmara Antonio Machado, pero a menudo tampoco sabemos qué es valor, mientras los precios fluctúan con elevada volatilidad para tomarlos seriamente. En el fondo, la discusión sobre el valor y su traslación en dinero replica el debate sobre la verdad, que depende del cristal con que se mira, parafraseando a Clarín. La verdad, como el dinero, es inaccesible. O bien, sólo se puede acercar uno a él a través de la fe. Volveremos más adelante a la fe.
Esta breve introducción sale al encuentro del papel de los banqueros centrales en nuestra sociedad, y en el día de hoy, al de uno en particular, Mario Draghi, quizá el último gran banquero central.
Sin necesidad de retrotraemos a Mesopotamia, donde surgiría el dinero, aun cuando no haya consenso académico sobre la motivación de tal invención, debo anclar en 1971 este breve artículo para honrar a Mario Draghi, cuando la Administración Nixon rompió la convertibilidad del dólar americano a un tipo de cambio fijo con el oro. Desde el final de la II Guerra Mundial, el orden financiero internacional se basó en lo que se llamó el “patrón oro-dólar”. Todas las monedas nacionales fijaban un tipo de cambio fijo con una cierta variabilidad respecto del dólar, y éste a su vez era convertible en oro a un tipo de cambio fijo.
Así pues, Estados Unidos se comprometía a acumular una reserva de oro que respaldara su propio dólar, y el resto de los países debería disponer de su reserva particular de dólares para defender el tipo de cambio de su respectiva moneda. Todo el modelo pivotaba, más allá del dólar, sobre el oro, metal al que todas las sociedades humanas les habían otorgado, históricamente, un valor intrínseco pese a su volatilidad, su dependencia de los ciclos económicos y su escasa utilidad para la subsistencia de la vida: ni sirve como alimento, a diferencia de los granos de cereales que también fueron dinero en algún momento, ni para conservar los alimentos, como la sal, que también fue dinero y de donde procede la palabra “salario”.
Sea como fuere, el oro respaldaba un sistema de precios y de acumulación de capital, a través del dólar, aún después de que el “patrón-oro”, sin moneda alguna intermedia, comenzara a resquebrajarse a lo largo del I Guerra Mundial para terminar de quebrar tras la crisis del 29. Aquella crisis demostró, entre otras cosas, la imposibilidad de gestionar los ciclos de economía si el dinero se asentaba en un activo, el oro, cuya oferta estaba sujeta a los mismos vaivenes que el resto de la economía.
De algún modo, los humanos queríamos tener fe en el oro como valor inmutable e intrínseco, como instrumento para ordenar el resto de los precios, pero esa fe se perdió cuando se internalizó que el oro también sufría del mismo destino que el resto de los activos en los ciclos económicos y, aún peor, dificultaba salir de crisis financieras. Pero no me alargaré más en este asunto.
Volviendo a 1971, la cuestión es que una vez que Estados Unidos renunció a garantizar la convertibilidad de su moneda frente al oro, el dólar pasó a depender exclusivamente de la fe, es decir, de la confianza de los tenedores de dólares sobre su capacidad de compra, su valor y su aceptación por los agentes sociales, y nació así el dinero fiat, es decir el dinero basado única y exclusivamente en la fe. Y tras Estados Unidos, el resto de las monedas siguieron el mismo camino. Ya no habría reservas de oro o de plata en los bancos centrales para convertir cualquier papel-moneda en un metal precioso, la lógica que alguna vez se creyó que ofrecía estabilidad y orden a los sistemas monetarios.
Ahora bien, el problema que acabó con el patrón oro y el patrón oro-dólar podría llevarse por delante, quizá con mayor facilidad, también al dinero fiat. El incremento de gasto público ligado a la guerra de Vietnam y a la agenda de la “Gran Sociedad” de Lyndon B. Johnson habían hecho sospechar al mercado que la Reserva Federal no disponía del oro suficiente para respaldar todos los billetes de dólares emitidos por el banco central. La desconfianza minó el valor del dólar que llevó a emitir deuda americana en marcos alemanes, y condujo finalmente a esa ruptura del patrón dólar-oro. Pues bien, si el gobierno americano había trucado la banca emitiendo más dinero del oro disponible para defenderlo, qué podría hacer ese mismo gobierno si pudiera emitir dólares sin respaldo obligado alguno.
Esta reflexión, que se acabó plasmando en inflaciones elevadas y efectos pro-cíclicos de las citas electorales (los gobiernos emitían más moneda de la necesaria para elevar el gasto público en las fechas cercanas a las elecciones) alumbró un nuevo paradigma monetario: para evitar su quiebra, el dinero fiat exigía la independencia de los bancos centrales con un objetivo público de inflación que anclara el valor de la moneda
Y ese modelo exigía a su vez unos banqueros centrales fuera del debate político, situados en un estrato superior, casi como soberanos ungidos por el dedo de Dios, en quien los ciudadanos pudieran confiar sin sesgo alguno. Esos banqueros centrales serían “cardenales” de una nueva iglesia, basada en una fe que debía ser incorruptible, protectores infinitos del valor de la moneda que vertebraba su sociedad. Pues bien, Mario Draghi es el mejor ejemplo de tal religión laica y bastó una palabra suya, “haré lo que haga falta; y créanme, será suficiente”, para paralizar el mayor ataque financiero sobre nuestra moneda única, sobre el euro.
Desde entonces, las redes sociales y ciertas interpretaciones sobre los estándares de transparencia han alcanzado también a los bancos centrales, enterrando el misticismo y diluyendo la autoridad. La palabra quieta ha sido sacrificada por el desenfreno opinativo de banqueros y banqueras centrales, ávidos de interpretar un papel político que no se compadece del capelo cardenalicio. Un tono diferente para un marco en el que proliferan nuevos actores en forma de monedas digitales privadas, vehículos virtuales de especulación emitidos, incluso, por presidentes, como Trump.
No les extrañará, por tanto, que considere a Mario Draghi el último gran banquero central, uno que, mirando hacia el horizonte, creo difícil de igualar.
Enhorabuena y muchas gracias, Mario Draghi. Ora pro nobis.
Sorry, the comment form is closed at this time.