Jonás Fernández

Ser Europeo

25 enero 2019
La nueva España 

La semana pasada visitaba el Parlamento europeo en Estrasburgo un grupo de alumnos del occidente norteño de Asturias, en el marco de un viaje organizado por el Foro Comunicación y Escuela, capitaneado por Luis Felipe Fernández, y acompañados por César Álvarez y José Ángel Pérez, alcaldes de Vegadeo y Castropol. Su parada en Francia era paso previo a otra visita posterior al CERN, la Organización Europea de Investigación Nuclear, en Suiza, un viaje iniciático para una generación de jóvenes que estoy seguro jamás olvidarán.

En un día bastante ajetreado con debates en el pleno con Mario Draghi sobre la política monetaria, entrevistas con los candidatos a cubrir una plaza en el Mecanismo de Resolución y otras reuniones para avanzar en distintos dosieres legislativos, salvé un hueco para charlar con los alumnos y escuchar sus inquietudes. Y quizá el primer interrogante empieza siempre por la propia naturaleza de la Unión y la pertenencia de España a este club.

Ciertamente, es complicado trasladar el objetivo inicial de la Unión, acabar con las guerras civiles entre europeos, a una generación que sólo conoce la paz y la democracia. Intentar ayudarles a situarse en la Europa de los últimos siglos, marcada por los conflictos permanentes, es la primera misión, y la ciudad de Estrasburgo es muy útil para ello. Recordar que una generación de vecinos de esa ciudad pudo cambiar de pasaporte hasta cinco veces a lo largo de su vida sin necesidad de moverse de un mismo domicilio, entre finales del siglo XIX y mediados del XX, un periodo no tan distante en el tiempo, es un primer paso. Hacer referencia a la propia historia de España resulta también necesario. En todo caso, y con independencia de esa promesa de paz, la Unión necesita vías adicionales de legitimación.

Probablemente, la libertad de circulación de las personas, el acceso a la cultura universal, los programas de intercambio de alumnos, los apoyos financieros del Fondo Social o de los Fondos Estructurales, las iniciativas conjuntas en el ámbito del deporte, etc., todo ello ayuda también a vislumbrar una Europa de la ciudadanía. Sin embargo, hay un detalle central que suele olvidarse o pasar inadvertido en nuestras propias vidas: somos europeos desde hace siglos y la Unión es la primera iniciativa para articular ese territorio y esa sociedad, con valores y culturas similares, en comparación al resto del mundo, a través de la democracia, tras los intentos fallidos del Tercer Reich, la Triple Alianza, Napoleón, Carlos V o Carlomagno. Y aquí se abre un debate infinito.

Nuestros currículos escolares hablan de la Historia de Europa como si fuera la Historia del Mundo. La simple división de épocas, desde el medievo a la edad moderna o contemporánea, son clasificaciones esencialmente europeas. Los movimientos políticos o los ideales de cada periodo, desde la Cristiandad, pasando por la Ilustración, el liberalismo, los nacionalismos y totalitarismo son de nuevo especialmente europeos. Y los estilos arquitectónicos, literarios o musicales son también europeos.

Todo ello, acumulado a lo largo de los siglos, “cuerpos y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo”, como diría Ángel González, conforman y delimitan el “ser europeo”, con características nítidamente diferenciales y que se podrían resumir en cuatro: Estado de derecho, democracia liberal, economía social de mercado y Estado de bienestar. Y para defender estos principios y viabilizarlos en este mundo globalizado, la Unión Europea no es más que un instrumento, como lo fueron los reinos medievales, las ciudades-estado, los principados o los Estados-Nación en el pasado. Debemos des-europeizar la educación para vislumbrar lo auténticamente europeo de nuestras vidas.