Tribulaciones españolas desde Bruselas

01 octubre 2020
La nueva España 

Europa avanza. En apenas unos meses, la Unión ha logrado el consenso necesario para desplegar un programa de inversión a corto plazo, financiado vía deuda, para reactivar la economía. Una deuda que comenzará a devolverse a finales de esta década a través de nuevos impuestos comunitarios, que no deberían suponer un incremento de la presión fiscal. Los impuestos sobre los plásticos, el ajuste del carbono importado, la tasa a las grandes compañías de internet o incluso la tasa mínima para las empresas continentales deberían contribuir a reducir las bolsas de elusión y fraude fiscal, desplazando a Europa la tributación de bases imponibles que huyen de los sistemas tributarios nacionales y mejorando bienes públicos como el aire que respiramos.

Consejo y Parlamento se encuentra ahora negociando duramente para alcanzar un acuerdo que viabilice esta respuesta inédita de la Unión, antesala para consagrar un pilar fiscal europeo que ayude a gestionar los ciclos más eficientemente junto a la política monetaria. Bien. Es un auténtico orgullo colaborar desde el Parlamento a esta misión que asienta no sólo una repuesta solidaria a la crisis, sino que también fortalece el futuro del proyecto europeo. Una UE fuerte y más unida es condición necesaria para el mantenimiento de nuestro modo de vida, la economía social de mercado, que caracteriza nuestro continente en el mundo.

Ahora bien, cuando miro a nuestro país y a mi propia generación, la satisfacción y el orgullo por nuestro trabajo se diluye.

No comparto globalmente la tesis del escritor Muñoz Molina en su columna del pasado domingo en El País “La otra pandemia”, epílogo de su fantástico libro “Todo lo que era sólido”, sobre el desastre de la actual generación de políticos, liderando a un pueblo sin defecto alguno. No me alineo con esas posiciones que sitúan a la política como “chivo expiatorio” de todos nuestros problemas. Ni todos son (somos) iguales, ni tenemos la misma responsabilidad. Pero sí me uno a una notable insatisfacción con el signo de los tiempos en nuestro país.

Hace siete años publicaba mi primer libro, “Una alternativa progresista. Una respuesta a la crisis económica e institucional de España”, donde repasaba los problemas económicos, sociales, institucionales y políticos de un país que atravesaba una de los peores shocks de nuestra historia reciente. Más allá de las propuestas concretas, susceptibles de una revisión crítica, lo peor de una relectura rápida es constatar que ninguna de las fallas de nuestro país ha sido abordada desde entonces. Se podía y se debe cuestionar la idoneidad o no de mis recetas de entonces. Yo mismo dudo de varias de ellas. Pero es triste observar que, ni en el sentido que yo defendía, ni en ningún otro, se ha movido este país. Y ese inmovilismo se alarga también hacia el pasado. Ciertamente, desde la entrada de España en el euro al filo del nuevo siglo, llevamos ya casi dos décadas sin rumbo claro.

No quiero minusvalorar los avances en libertades individuales y civiles de los gobiernos de José Luis R. Zapatero, ni los esfuerzos para superar la crisis financiera, más allá de mi posición crítica a cómo se abordó aquella recesión por el gobierno de Mariano Rajoy. Pero España sigue adoleciendo de un sistema educativo a la cola de Europa y un mercado laboral fragmentado sin oportunidades para los jóvenes ni futuro para los parados de larga duración. Seguimos también sin ofrecer un respaldo suficiente a los científicos o empresas que investigan e innovan, con un modelo territorial quebrado, una justicia infradotada, un sistema de partidos aún más enclaustrado -y, además, atomizado, y un debate público profundamente fragmentado. La pandemia nos ha vuelto a situar ante la realidad de un país que no logra orientarse al futuro.

No podemos repartir responsabilidades a todos por igual. El lector tendrá su propia lista de agravios, pero resulta difícil de entender que Pedro Sánchez sea capaz de acordar en Europa un programa de reactivación conjunto con gobiernos de partidos de todo signo -desde formaciones hermanas de Vox, pasando por el PP o liberales, y llegando a los verdes-, y que en España haya quien ni siquiera se digne a sentarse a negociar unos presupuestos o la renovación del órgano de gobierno de la justicia. No podemos comparar la gestión responsable del virus de nuestra Asturias con otras comunidades que parecieran guiadas por motivaciones esotéricas. Acepto, sin duda, una aproximación distinta a este reparto de responsabilidades, pero sería bueno poder discutirlo entre todos, en un espacio público compartido, y no sólo en cada una de las capillas sociológicas sin comunicación transversal alguna.

En fin, la Unión Europea avanza y, con ello, la supervivencia de nuestro estilo de vida, por encima de las disputas en cada uno de los Estados. Quizá las cuestiones más transcendentes para el manteamiento de la economía social de mercado y el Estado de Bienestar se juegan su futuro en Bruselas. Agradezco, pues, a mi partido y a los ciudadanos que me hayan situado aquí. Sin embargo, me genera una desazón infinita la parálisis en nuestro querido país, la imagen congelada de una sociedad que es incapaz de acometer una serie de reformas para desbloquear algunos de los “cuellos de botella” que bloquean nuestro desarrollo. Detengámonos por un momento e intentemos, entre todos, orientar este país hacia algún puerto seguro.