25 Sep Una Unión sin rumbo – La Nueva España
La pasada semana se celebró en Estrasburgo el debate sobre el Estado de la Unión marcado por los múltiples desafíos que afronta la democracia en Europa y, a su vez, por la notable desorientación de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, que se ciñó a dar un discurso más próximo a una conferencia vespertina que a un programa de gobierno. Debo ser claro y directo. La presidenta de la Comisión está perdida, mientras los problemas se acumulan sin solución evidente. Además, la confusión se alimenta también desde varios Estados miembros, que no conocen el terreno que pisan, para beneficio de la extrema o ya extremísima derecha, que gana espacios a fuerza de que las instituciones no resuelvan. Veamos.
En primer lugar, cabría hacer alguna consideración sobre política exterior, muy centrada en asuntos de seguridad. Las competencias en esta materia, según los tratados, recaen, no en la presidenta de la Comisión, sino en la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, en estos momentos, en manos de la estonia Kaja Kallas. Es decir, en la Unión Europea, nuestra «ministro de exteriores» no está bajo la batuta de un «presidente». Dicho esto, he de aclarar que como federalista, aprecio que Ursula von der Leyen intente ampliar su margen de actuación frente a las competencias estatales que personifica en Bruselas Kaja Kallas, abriendo espacios para una futura reforma de los Tratados que reorganice las competencias basculando el poder hacia la Unión.
Ahora bien, más allá de esta valoración de principios, la práctica diaria está resultando en un caos, y asistimos a una batalla, de la que se habla poco en España, entre la presidenta de la Comisión y la responsable del Servicio Europeo de Acción Exterior, que llega a afectar incluso a las dotaciones presupuestarias en pleno debate sobre el Marco Financiero Plurianual de la Unión. Por una parte, Kallas no logra sostener el nivel de su predecesor en el cargo, Josep Borrell, cuya salida ha dejado un vacío casi infinito. Por otra, los errores de cálculo y la sobreexposición de von der Leyen no están contribuyendo a afirmar nuestra presencia en el mundo. Desde la foto de Ursula von der Leyen en el campo de golf en Escocia junto a Donald Trump para firmar el acuerdo comercial, pasando por el activismo en Groenlandia días antes de la firma del acuerdo entre Dinamarca y Estados Unidos donde la Unión no jugó ningún papel, hasta su propuesta de ofrecer el estatus de «Estado asociado» a Canadá la semana pasada sin respuesta por parte de Mark Carney, pasando por la supuesta creación de un Consejo de Seguridad sin trabajo previo alguno, muestran una pauta de actuación poco meditada. Por último, la aproximación tanto de von der Leyen como de Kallas a la ocupación de Gaza y buena parte de Cisjordania en Palestina a manos de Netanyahu está minando cualquier credibilidad a nuestra Unión en el mundo.
En segundo lugar, la agenda económica sigue sin orientación. Los informes Draghi y Letta parecían adelantar un programa de reformas para la presente legislatura, si bien los avances, tras casi haber consumido la mitad del mandato, son muy insuficientes y además parciales. La Comisión ha centrado su trabajo casi exclusivamente en lo que han llamado simplificaciones normativas. Ahora bien, con el equilibrio de poder en el Parlamento y Consejo, tales simplificaciones han acabado, en demasiados casos, en simples desregulaciones, donde el Partido Popular y la extrema derecha anti-europeísta han encontrado espacios de cooperación, la primera por razones ideológicas sobre la naturaleza de la acción normativa, la segunda, por su vocación de acabar con la capacidad legislativa de la Unión. Esta obcecación con los supuestos excesos normativos de la Unión, que no se compadece con la realidad de los hechos, cuenta a su vez con apoyos en más de una docena de capitales, cuyos gobiernos solicitaban la semana pasada una «moratoria normativa» a la Comisión. Es decir, para la mitad de los gobiernos de la Unión, el problema económico es Bruselas. Así empezó David Cameron a renegociar el Brexit, y todos sabemos cómo acabó.
Sin embargo, el principal problema económico de la Unión es la profunda fragmentación de su mercado único. Según el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, en sendos informes económicos, en la propia Unión aún sufrimos unas fricciones al comercio que han cuantificado en unos aranceles en la sombra del 40-60 por ciento para el mercado de bienes y del 100-110 por ciento en el mercado de servicios. No hay mejor agenda de competitividad, pues, que barrer obstáculos nacionales al mercado único.
Ahora bien, no vemos ambición suficiente en este terreno en la Comisión, cuyo abordaje necesita nueva normativa comunitaria, que simplifique, éstas sí, las normativas nacionales, y no lo contrario, como parece que no entienden varios primeros ministros, entre otros, el propio Merz. Y aquí nos enfrentamos a las dobles mayorías que tenemos en esta legislatura en las instituciones comunitarias. Por una parte, la pro-europea, con liberales, populares, verdes y socialistas, necesaria para dar ese nuevo impulso a la integración. Por otra, la conformada por los propios populares juntos a las derechas extremas y anti-europeístas. La primera, con capacidad para profundizar en el mercado único. La segunda, para desmantelar la acción legislatura y mantener el statu quo que nos ha traído a estos exiguos datos de crecimiento.
Pues bien, a la vista de las cartas de varios gobiernos nacionales, del sesgo de la Comisión hacia las agendas desreguladoras, y la competencia entre el Partido Popular Europeo y la extrema derecha para ver quién critica más la «normativa comunitaria», la legislatura no avanza como debería, dejando sin resolver los problemas económicos subyacentes, y alentando así a quiénes ni creen en Europa, ni en la democracia.
En tercer lugar, debiéramos analizar también el relanzamiento de la política industrial europea, cuestión central para Asturias. En este ámbito hemos visto algún avance, pero aún estamos lejos de vislumbrar algo de coherencia en todo este esfuerzo. Europa necesita empresas que compitan en los mercados mundiales y mejorar su autonomía estratégica. Para ello, en algunos sectores, debemos disponer de compañías de mayor tamaño y, además, garantizar una producción local en algunos mercados estratégicos. Ahora bien, cuál debe ser el camino para tal apuesta es la pregunta cuya respuesta aún no conocemos.
Por una parte, estamos observando enormes presiones para suavizar las políticas de competencia que evitan las posiciones de dominio y, por otra, igual presión para aligerar también la regulación de ayudas de Estado para facilitar el apoyo público a determinadas empresas. Con todo, una y otra política, sin acabar antes con la fragmentación del mercado único, nos llevan directamente a reforzar posiciones oligopolistas en mercados clave y, a su vez, fragmentar aún más el mercado, dado que no todos los Estados tienen el tamaño ni el espacio fiscal suficientemente para respaldar a sus empresas en igualdad de condiciones. Volvemos, pues, al debate sobre la necesidad de mejorar la consolidación del mercado europeo, preci samente el área donde las iniciativas de la Comisión son más tenues y timoratas, y aún podrían serlo más si se acaba de instalar esa máxima contra las normativas europeas.
Asimismo, la renovada política industrial está revisando también las medidas de protección comercial en una senda que no encuentra un marco teórico sólido y que adelanta una carrera arancelaria que no resuelve los problemas industriales de fondo y acabará teniendo impacto evidente sobre la inflación y, por ende, los tipos de interés. La respuesta cacofónica y desorientada frente a China es buen ejemplo de ello.
En cuarto lugar, debemos hablar de la propuesta de la Comisión para el Marco Financiero Plurianual 2028-34 en la que de facto reduce la capacidad de inversión de la Unión frente al actual, pasando del 1,4 por ciento del PIB comunitario, si restamos al tramo de préstamos al conjunto del programa NextGenerationEU (en caso contrario, sería el 1,8 por ciento el PIB) hasta el 1,15 por ciento. Aún así, de nuevo, una liga de países liderados por Alemania solicita recortes complementarios sobre una propuesta ya raquítica. Cabe celebrar, en todo caso, el esfuerzo de Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, para sacar adelante una cesta de recursos propios europeos que permita, al menos, hacer frente a los intereses de la deuda comunitaria sin recortes complementarios en los programas de inversión. Aunque aquí también nos encontramos al Partido Popular, por supuesto con el aplauso de los anti–europeístas, junto a Alemania, Países Bajos, Suecia, Austria, Dinamarca o Finlandia trabajando en sentido opuesto.
No puedo terminar sin un comentario final sobre la política migratoria comunitaria. Debo recordar el apoyo solidario de toda la Unión a Lituania y Polonia cuando Rusia usó a miles de migrantes en un ataque híbrido contra ambos países en 2021. También el respaldo compartido a Grecia o a Italia ante las crisis migratorias, especialmente durante la guerra de Siria o en Libia. Ciertamente, aún no sabemos en su totalidad los detalles de lo acontecido en Ceuta, pero sí somos plenamente conscientes de la vergonzosa carta de 22 gobiernos nacionales a la Comisión poniendo en solfa a nuestro país, acompañado del cierre del área Schengen por parte de Italia. Esa mayoría, por cierto, en Parlamento y Consejo reformó la pasada primavera el reglamento de retorno para «legalizar» los centros de internamiento de inmigrantes fuera de la Unión, a propuesta de Giorgia Meloni, toda vez que la normativa comunitaria prohibía hasta ahora tales iniciativas, tal y como el Poder Judicial italiano le había notificado, además de facilitar la separación de menores de sus padres o tutores durante los procesos administrativos. Estamos tardando en llevar este reglamento ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea porque no se compadece de la letra y el espíritu de los Tratados.
Por último, escribió Monnet en sus memorias: «Europa se hará en las crisis y será la suma de las soluciones que se aporten a esas crisis». Esta máxima ha funcionado con éxito durante décadas. En estos momentos, tengo serias dudas. Redoblemos nuestro esfuerzo, pues, para que el futuro no sea «El mundo de ayer». Adelante.
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