Artículo publicado en La Nueva España el 14 de junio de 2018 Finalmente la moción de censura, de la que escribía en estas páginas hace dos semanas, ha cerrado una etapa marcada por la ausencia de cualquier pulsión reformista, anclada en la máxima conservadora de evitar la toma de decisiones y, finalmente, manchada por más que sombras de una corrupción institucionalizada en el mismo corazón del Partido Popular. Si al inicio de la legislatura fue imposible armar una mayoría parlamentario para configurar un gobierno alternativo a Mariano Rajoy, ahora, al menos, se pudo hacer para evacuarlo de La Moncloa ante su incapacidad para asumir su propia responsabilidad ante unos hechos luctuosos. Sin duda, el nuevo gobierno socialista se enfrenta en estos momentos a una situación compleja, ante la notable fragmentación del Congreso, pero Pedro Sánchez ha iniciado su andadura con un gabinete de altura que promete un nuevo tiempo. En primer lugar, destaca la profesionalidad de los miembros del Ejecutivo, con una combinación razonable entre personas con experiencia política e institucional y perfiles con contrastadas carreras laborales, que han decidido arrinconar por un tiempo sus propias por servir al conjunto del país. En segundo lugar, Pedro Sánchez ha configurado un gabinete con una presencia femenina muy destacada, no sólo reflejando la pulsión de la sociedad española demostrada el pasado 8 de marzo en todas las calles de España, sino esencialmente reconociendo la valía de todas y cada de las ministra en sus ámbitos de trabajo. No estamos, pues, ante un gobierno de cuotas, aun cuando siempre me han parecido necesarias y útiles, sino ante un ejecutivo competente en el que, como en la vida civil, destacan las mujeres en todos los ámbitos profesionales. Estamos, pues, ante un Consejo de Ministras y Ministros.