Artículo publicado en La Nueva España el 9 de marzo de 2018 La pasada semana la Administración Trump anunció la imposición de nuevos aranceles sobre el acero y el aluminio de un 25 y un 10 por ciento, respectivamente. La decisión es fruto de una investigación de la Secretaria de Comercio que supuestamente ha descubierto riesgos nítidos para la “seguridad nacional” derivados de los actuales volúmenes de importaciones de ambos productos. Trump amplía así su política comercial que hasta ahora se había centrado en renegociar el acuerdo con Canadá y México y en amenazas generales que parece está decidido a concretar. Ciertamente, su reforma fiscal, única medida que ha podido tramitar en su primer año de gobierno, ya introducía sesgos proteccionistas notables pero esta nueva decisión supone un paso hacia el abismo. Las guerras comerciales han precedido a lo largo de todo el siglo XX a conflictos de otra naturaleza, bélicos. La experiencia de las dos guerras mundiales fue esencial para encontrar en las buenas relaciones comerciales un elemento central sobre el que pivotar entornos de libertad, negociación y acuerdo. Y por ahí empezó la actual Unión Europea, poniendo en común los mercados del acero, del carbón y la energía atómica. Trump no sólo desconoce la historia sino que está empeñado en repetir los errores trágicos del pasado.

Artículo publicado en Agenda Pública el 28 de Febrero de 2018

Arreglar el euro sigue siendo uno de los retos políticos más acuciantes de Europa. La ampliación de la recuperación cíclica en la zona euro es más que bienvenida, pero no debe llevarnos a la autocomplacencia en ese sentido. Fortalecer, al mismo tiempo, tanto la responsabilidad como la solidaridad resultará esencial para crear una arquitectura sostenible para la eurozona. Obviamente, eso implica que la eurozona no se halla al límite de sus posibilidades, donde más responsabilidad significaría menos solidaridad o viceversa.

Claro que es posible tener una unión monetaria sin solidaridad. Pero eso sería parecido a construir un automóvil sin suspensión y con asientos de acero. Sería posible, pero muy incómodo, dado que toda la absorción de impactos recaería en la columna vertebral de los pasajeros. Numerosos ciudadanos de los Estados miembros de la zona euro que han sufrido una gran crisis económica deben de sentir que la eurozona es similar a esa clase de coche mal concebido. Y no estarían del todo equivocados, ya que, por definición, en una unión monetaria falta un amortiguador clave, a saber, el tipo de cambio. Y un segundo amortiguador, la política fiscal, no funcionó bien en muchos países de la eurozona en los que los niveles de deuda pública o privada eran ya muy elevados desde el principio.

Hoy he tenido la oportunidad de organizar junto a mi compañero Jakob Von Weizsacker un debate sobre la necesidad de introducer un seguro de desempleo a nivel europeo. Hemos trabajado en este asunto junto a académicos como Gero Mass o Daniel del Prado y bajo la coordinación de la Fundación Ebert y de Agenda Pública con Marc López. En los próximos meses presentaremos las conclusiones de nuestro trabajo en Madrid. Ayer participaron en nuestros debates László Andor,  ex- Comisario de Empleo, Clemens Fuest, Rudy De Leeuw.