Artículo publicado en mi sección quincenal "Tarjeta Azul" de La Nueva España el 27 de octubre de 2017
En los primeros años del presente siglo, en mis años en la Universidad de Oviedo, los jóvenes de entonces vivíamos en una burbuja de estúpido idealismo. El fin de la historia de Fukuyama con la universalización creciente de la democracia liberal y la economía de mercado, o las conjeturas sobre el fin de los ciclos económicos, nos situaban ante un futuro de seguridad y estabilidad económica. Aunque muchos de nosotros estábamos ya en la batalla política contra esos paradigmas, en nuestros elucubraciones sobre el futuro no lográbamos adivinar un mundo absolutamente incierto como el actual.
En ese entorno, recuerdo a Óscar Buznego, nuestro profesor de Ciencia Política, explicar la teoría del post-materialismo de Ronald Inglehart que, aunque enunciada décadas antes, en esos años cobraba especial relevancia; una vez cubiertas las necesidades materiales en un entorno de seguridad, valores como el feminismo, el antimilitarismo, el ecologismo o la solidaridad internacional, entre otros, cubrirían el debate público. Este campo se abrió hacia la defensa de las minorías y de sus libertades individuales aunque enmarcadas, en todo caso, en la pertenencia a un grupo.