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España,
Europa
Artículo publicado en el diario “El País” el 1 de diciembre de 2016
Jonás Fernández (Oviedo, 1979) está decidido a tener un papel destacado en el complicadísimo proceso de reconstrucción que atraviesa el socialismo en España.
El nombre de este economista, que ha llegado a la política activa tras la publicación de su libro Una alternativa progresista (Ediciones Deusto, 2013), suena en círculos del PSOE como uno de los jóvenes que puede romper con la idea de que el partido no tiene recambios, que no hay caras nuevas con proyección.
Desde su escaño en el Parlamento Europeo, le obsesiona una idea: mientras la socialdemocracia no sea capaz de actuar unida en Europa, estarán condenados a generar frustración cuando gobiernan. Se muestra muy crítico con los populismos que, a ambos lados del Atlántico, están explotando con tanto éxito el malestar de los ciudadanos arrollados por la globalización.
Una tarde de un lunes de noviembre, Jonás Fernández, algo resfriado, conversa en su despacho con El Huffington Post. Al fondo, una Bruselas gris y casi invernal le cubre las espaldas.
Le gusta criticar el prestigio actual del pesimismo, tan extendido entre los políticos y analistas que vivimos en Bruselas. Deme un motivo para el optimismo sobre el futuro del PSOE.
Hay una necesidad objetiva para la existencia misma del PSOE. Podríamos discutir sobre la situación complicada en la que está, las caídas electorales, sus problemas graves en algunos territorios; pero mientras nuestros problemas se acumulan, la desigualdad está creciendo, la pobreza se ha disparado, el estado de bienestar se ha debilitado. El optimismo nace de la clara necesidad de la existencia de un partido como el PSOE para dar respuesta a todas estas incertidumbres. Saldremos adelante porque se lo debemos a los españoles que lo están pasando mal.
Usted es una rara avis en los jóvenes de su partido. Llegó a la política activa con un libro bajo el brazo sobre la crisis en España, con una carrera profesional en el sector privado, un MBA, un doctorado en camino… ¿Por qué decidió dar el salto, en un momento en que la llamada “vieja política” goza de tan mala reputación?
Mi primera vocación fue la política. Ingresé en Juventudes (Socialistas) con 15 años. Desde entonces, hasta que terminé la licenciatura de Economía, fueron años en los que la política tuvo una presencia muy importante en mi vida. De una manera claramente desinteresada, en la política universitaria, las juventudes y el movimiento juvenil de Oviedo. Ese periodo se cerró cuando me fui a Madrid a seguir estudiando. No porque me dejara de interesar la política, claro; pero no quería hacer carrera política, ni sigo queriéndolo (sonríe, un poco ruborizado). Temía hacer de la política un modo de vida y depender de ella para ganarme la vida. Pensé que, si en algún momento surgía una oportunidad política, prefería que llegara cuando estuviera formado y tuviera más experiencia. Yo no fui el que saltó a la política, sino que fue la política quien picó a mi puerta. Estoy muy contento con estos dos años de actividad en el Parlamento Europeo. Es una institución muy viva, y se trabaja mucho.
Yo no fui el que saltó a la política, sino que fue la política quien picó a mi puerta