(Artículo publicado en La Nueva España– 14/4/2016)

Aunque el título de esta columna evoque a un potencial maravilloso viaje partiendo de un pequeño ducado, que ha sobrevivido como entidad autónoma durante siglos aunque sujeto a distintas ocupaciones, hasta llegar a un país de reciente fundación, ideado en Washington para controlar la vía de comunicación marítima entre los dos grandes océanos mundiales, el lector habrá adivinado que este artículo versa sobre los últimos escándalos tributarios. Quizá como ejemplo de la justicia poética que a veces se descubre en este mundo, uno y otro caso están suponiendo un acicate extraordinario para las nuevas medidas antifraude que Europa está impulsando, aunque casi siempre con los obstáculos de los gobiernos nacionales. Se ha tardado demasiado tiempo pero estamos ante una oportunidad que no podemos desaprovechar.

El escándalo de Luxemburgo (Luxleaks) focalizado en los acuerdos ad hoc entre el Estado con grandes multinacionales para hacer aflorar allí los beneficios obtenidos en otras jurisdicciones, ha supuesto un antes y después en la lucha contra la evasión y la elusión fiscal. Ciertamente, la posición de Jean-Claude Juncker, como antiguo primer ministro luxemburgués ahora en la presidencia de la Comisión, podría haber supuesto un hándicap. Sin embargo, la apertura de una comisión especial en el Parlamento para la investigación de esos acuerdos tributarios al igual que el estudio impulsado por la Comisaria de la Competencia, Margrethe Vestager, dejaron a Juncker con una única salida: ponerse al frente de tal ofensiva. Siguiendo el refrán por el que "el hábito hace al monje" y seriamente tocado en su credibilidad, Juncker cambió de sombrero con rapidez para acabar apoyando la estrategia tributaria de su Comisario de asuntos económicos, el socialista Pierre Moscovici.