Artículo publicado en "Cinco días" el 18 de diciembre de 2015 Piense usted en una economía con unas perspectivas de crecimiento anual para el lustro 2016-20 del 1,6% y con un PIB por debajo de la senda estructural en cada uno de los años de ese período. Además, esa economía tendría superávits primarios en todos los ejercicios con un porcentaje anual promedio del 1,0% del PIB, de modo que tras los pagos de intereses, el déficit fiscal medio fuera del 0,8%. En la misma línea, la deuda pública bruta pasaría del 93,7% del PIB de cierre de 2015 al 85,2% al final del lustro, y la neta se reduciría del 70,1% al 64,2%. Ahora, suponga que los tipos de interés oficiales estén rayando el 0%, que la inflación media prevista en el lustro ni siquiera alcance el 1,5% anual, siendo el mandato de su banco central el 2,0%, y que algunas emisiones de deuda pública se coloquen con tipos nominales negativos. Por último, imagine que esa economía tenga un superávit por cuenta corriente promedio anual en el periodo 2016-20 del 2,7% del PIB, es decir un exceso de ahorro sin proyectos de inversión que se destinan al resto del mundo. Y todo ello con una tasa de paro media del 9,7% en el lustro.