El eurodiputado asturiano Jonás Fernández, del grupo socialista, acaba de publicar su libro «Crónicas europeas. Concordias y discordias en la unión» (Catarata), que recoge algunos de sus artículos, discursos y reflexiones en los que aborda el presente y el futuro de las instituciones comunitarias y también algunos de los problemas que ha tenido que afrontar la socialdemocracia desde el inicio de la crisis.

Usted propuso la candidatura de la UE al premio Princesa de Asturias de la Concordia, que obtuvo, y terminó sirviendo para reunir en Oviedo a los principales representantes de las instituciones comunitarias en un momento clave para la política española.

–Cuando presenté la candidatura en el mes de marzo lo hice pensando fundamentalmente en las dificultades que atravesaba el proyecto europeo. Las vueltas a los nacionalismos y a los populismos en muchos países, incluido el nuestro; y con elecciones en Holanda, en Francia, donde a los antieuropeos se les abría un escenario positivo. En mayo se celebraba el 60 aniversario de la firma de los tratados de Roma y como la ceremonia es a finales de octubre yo pensaba que si superábamos todas esas citas a comienzos del año, la ceremonia de Oviedo en otoño podría ser un nuevo inicio en la reanimación del proyecto europeo. En ámbitos europeos se esperaba que en otoño se abriera una ventana de oportunidad para relanzar políticas de defensa, de emigración, de la zona euro; y yo pensaba en que la ceremonia sirviera como un chute de optimismo. La cuestión es que con el lío de Cataluña, la ceremonia adquirió otra connotación y en vez de ser lo que yo había pensado, que fuera Oviedo el centro de esa reconquista de Europa, acabó siendo una ceremonia en la que Europa a ayudar a España en la defensa del estado de derecho. Fue algo distinto a lo que yo había imaginado, pero teniendo en cuenta la situación que atravesábamos, probablemente haya sido más importante ese respaldo claro de todas las instituciones de la unión al cumplimiento del estado de derecho en nuestro país.

–Es algo constatable que ha menguado el prestigio de la UE entre la opinión pública ¿Qué ha fallado?

–Me gustaría empezar destacando que si el jurado dio el premio a la unión es porque este proyecto ha garantizado 70 años de paz en Europa, el periodo de paz más largo de la historia reciente del continente, y no es poca cosa. Las generaciones que no hemos conocido la guerra minusvaloramos esa paz, y vivir así, en democracias, con modelos de bienestar relativamente desarrollados, que es algo que no existe en ningún otro lugar del mundo; aún con todos los problemas que hemos tenido con la crisis económica, son motivos suficientes para reconocer los principios que animan el premio de la Concordia. Dicho esto, es verdad que hemos pasado una época complicada. Este proyecto tiene dos planos; uno es una especie de constituyente permanente, la UE ha adquirido cada vez más competencias y capacidad de actuación de áreas que eran de los estados miembros, pero se hace en cada tratado con consensos muy amplios y eso dificulta el enfrentamiento político normal; y después existe otro plano sobre aquellas políticas que ya están comunitarizadas en el que está un gobierno, que es la Comisión, dos colegisladores, el parlamento y el Consejo, pero la cámara está muy fragmentada, sin mayorías claras, y eso también exige muchos acuerdos y negociaciones para formar las mayorías. Esto al final significa que desde el inicio de la crisis financiera, nos dimos cuenta de que necesitábamos dar un paso constituyente más, que necesitábamos una política fiscal, una bancaria, comunes pero esos consensos no se han logrado. Como no los hubo se tomaron políticas de ajustes muy impopulares, y que han generado un coste social extraordinario. Esos costes sociales que hemos vivido aquí también tienen su versión en los países acreedores, que han creído que han ayudado demasiado a economías que no han hecho sus obligaciones. De tal manera, que el euroescepticismo ha aumentado en los dos lados, donde se recibió ayuda pero en condiciones leoninas, y en países del norte donde creen que otros se benefician de sus ahorros  y que no hacen sus deberes. Si uno repasa la crisis migratoria probablemente ocurre lo mismo. La UE como institución no tiene competencias para gestionar las fronteras, la Comisión y el Parlamento han lanzado distintas propuestas para una gestión común de los refugiados pero los estados miembros se han negado a hacerlo. Y esto también ha generado euroescepticismo, por una parte entre los ciudadanos que creemos que Europa debe tener unas fronteras abiertas y una política de acogida solidaria y aquellos otros que, en parte por egoísmo, pero también por su idiosincrasia nacional, que vienen de sociedades más cerradas, que estaban en la antigua Unión Soviética, que son menos culturalmente diversas, han entendido que lo que se ha hecho, aún siendo muy poco, era más de lo que se debería.

 

–¿Por qué cree que cala más que la culpa es de la UE si la responsabilidad es de los estados nacionales?

–Creo que hay un problema de claridad en el diseño institucional de la UE, que dificulta que los ciudadanos sepan quién es responsable de qué. En mi opinión el más grave problema que tiene la UE es el de la rendición de cuentas, porque los ciudadanos no saben quién es responsable de qué. Y además como la legislación se deriva de la búsqueda de esos amplios acuerdos, porque no hay mayorías para imponer una u otra política, eso dificulta aún más la asunción de responsabilidades. En todo caso, todas estas crisis, incluida la del Brexit, ha generado que en países como España se diera una especie de ‘permiso pasivo’ por decirlo de una manera. Los ciudadanos entendían que la UE era una garantía de tener un estado democrático, homologable al del resto de estados europeos, pero no había un debate político sobre el proceso de construcción europea. Estas crisis han politizado a la UE y eso es algo positivo, porque lo que la UE tiene que hacer ahora, por ejemplo con la unión fiscal, es decir que los contribuyentes de Alemania o de España pongamos dinero para hacer políticas de redistribución junto con los italianos y los franceses, eso supone tocar el corazón de la soberanía nacional, de los parlamentos nacionales que en su día se inventaron para controlar los presupuestos de los reyes. Dar un paso en la unión de la defensa supone estar dispuestos a ir a la frontera de Estonia si Rusia acaba por invadir o no y eso es un elemento de solidaridad extraordinario. Y para asumir esos pasos ya no vale solo con la concesión, se necesita una ciudadanía que asuma esos retos, que se enfrenten y que la opinión pública decida abordarlos. Y ese proceso en los últimos años ha estado liderado por los euroescépticos, que han animado el debate contra la UE pero también hemos visto en Francia y en otros sitios un compromiso político de la ciudadanía con la unión. Lo que necesitamos es que ese compromiso, que ahora mismo es una respuesta a los nacionalismos, se acabe de configurar para convencer a las opiniones públicas nacionales de dar esos pasos. Con el Brexit hubo el debate en Europa sobre si sería un virus que iniciara una infección o una vacuna, y de momento ha sido lo segundo; esperemos que el cuerpo responda, el inicio de un compromiso europeísta que no ha existido porque no había necesidad.

–¿Cuánto le debe Asturias a la UE?

–Semanas atrás estaba en una jornadas del plan LEADER con sus experiencias y eso se hace con dinero europeo, si uno repasa las infraestructuras no sólo de Asturias sino de toda España, no hay una obra pública que no esté de una manera u otra cofinanciada por distintos programas europeos. Por otra parte, si repasamos lo que hace la Universidad de Oviedo, lo que hacen multitud de empresas de la región, se ve que participan en programas en los que Europa les permite incorporarse a un entorno global, en el que pueden competir y mejorar. Además la unión supone un referente de políticas industriales, educativas, de medioambiente que ayudan a Asturias a anclarse al mundo y no permanecer cerrada. Uno podría señalar la parte negativa y decir que desde que entramos en Europa tuvimos que abordar la reconversión naval, la situación complicada de la minería, la reducción del peso del sector agrícola y ganadero, y se tiende a ver a la UE como la causa de la depresión de estos sectores. Pero con la UE o sin ella, estos se enfrentaban a un declive en todo el mundo, también se ve en otras economías desarrolladas como EEUU, Canadá, Australia, Japón, en todas se ha reducido su peso en el PIB, ¿Cuál es la diferencia? Que la UE ha intentado que fuera lo menos traumático posible y aportando financiación para facilitar ese tránsito. Sin la UE ese cambio se hubiera dado igual y probablemente lo hubiera hecho con un dramatismo aún superior, y esto es importante también. Mi visión es optimista, tampoco quiero decir que todo lo que venga de la UE está bien porque es fruto de unas mayorías y en los últimos años hemos visto que ha habido políticas económicas que no eran buenas en mi opinión, pero eso precisamente debe llevarnos a aumentar el compromiso para intentar que en las próximas elecciones haya una mayoría de quienes creemos que el ajuste y la austeridad fue un disparate y jugar en ese terreno. Igual que ahora, en el proceso independentista catalán, somos muchos los que creemos que Mariano Rajoy no es el presidente que debiera tener este país ni compartimos sus políticas pero eso no significa que queramos dejar España.

–También aborda en su libro la crisis de la izquierda, de la socialdemocracia.

–De la crisis de la socialdemocracia en Europa ya se escribía cuando yo era adolescente, y después llegaron los 90 y hubo una mayoría amplia de gobiernos socialistas. Ahora estamos en una situación parecida aunque creo que se mezclan cuestiones generales con otras particulares de cada país. Si miramos a España y Portugal, si no estuviéramos metidos en el lío independentista probablemente también tendríamos un gobierno progresista  ¿en qué medida el independentismo catalán tiene influencia en la crisis de la socialdemocracia? Pues yo creo que ninguna, pero claramente si eso no hubiera existido ahora podría haber un gobierno socialista en España.

–¿Cree que sin el auge del independentismo en diciembre de 2015 el acuerdo hubiera sido más sencillo?

–Sin duda, como ocurrió con Zapatero en su día, que pudo negociar con ERC, con el PNV… con una cierta normalidad. Lo que hacía especial diciembre del año pasado, a parte del papel de Podemos que no estaba en mi opinión por un cambio de gobierno sino por otros debates que le preocupan a Pablo Iglesias y a sus amigos, que no a sus votantes; pero es verdad que la crisis catalana impedía la capacidad de amalgamar una mayoría parlamentaria. Aunque es verdad que con Podemos hubiera sido difícil en cualquier caso. En todo caso, en mi opinión, hay una disonancia entre lo que los partidos socialistas prometen y lo que pueden hacer en los estados nación. La política socialista por contraposición a la liberal conservadora, centra el corazón de sus propuestas en la redistribución de la renta. Y claro para hacerlo necesitas tener bases imponibles, sistemas fiscales progresivas y lo que se ve en los últimos 20 ó 30 años, es que la globalización ha aminorado la capacidad de los gobiernos nacionales a la hora de buscar sistemas fiscales justos y también para imponer políticas de gasto redistributivas porque hay libertad de movimiento de trabajadores, de las empresas. Así que cuando uno vota al partido socialista en España, además de hacerlo por los derechos civiles, por la defensa de las minorías, para estructurar España de una manera en la que todos nos podamos sentir más a gusto, el núcleo sigue siendo la redistribución y esa es una capacidad que los estados han perdido. Y si uno vota a Hollande en Francia, con la promesa de luchar contra la austeridad y después no es capaz de cambiar las políticas europeas porque no tiene mayoría en ese proceso constituyente continuo que exige cualquier política alternativa, es normal que el ciudadano se enfade porque no acaba de reconocer una política distinta. Y la única salida a todo esto es Europa y es un paso que no todo el mundo comparte. Decía Indalecio Prieto que él era socialista a fuer de liberal y la experiencia me ha hecho europeísta a fuer de socialista. Para ejecutar las políticas socialistas que se podían hacer en los 80 necesitamos instituciones políticas con capacidad de regular los mercados y de establecer sistemas fiscales y que eso sea Europa. Y hay una izquierda que ya ha renunciado a esto, que se abandera en el discurso plebiscitario, en creer que dado que no tenemos la fuerza que necesitamos en Europa, cualquier vuelta a tu nación, o incluso tu región, como ha pasado en Cataluña, puede ofrecer algo más. Y este es un sueño que acaba en pesadilla. Esa izquierda está en un proceso que no lleva a ninguna parte. El proceso de construcción europea no es más que el proceso de recuperar la soberanía, no es ceder la soberanía, es reconstruirla, la que hemos perdido en los últimos años. Y puedes recuperar la soberanía si decides ser Corea del Norte, salirte del mundo con un coste económico y social brutal, cuando lo que necesitamos es estar en el mundo pero con capacidad de gobernar, y eso no es estar sólo en los gobiernos nacionales, de lo que dependen muchas políticas que están descentralizadas pero necesitas la otra pata, la de los ingresos y esa está en Europa. Y se necesita una mayor dosis de liderazgo para explicarlo, no es fácil.

–En Asturias se ha producido recientemente un proceso de renovación de su partido, en el seno de la FSA ¿Cómo lo ha visto?

–Asturias ha tenido suerte con el gobierno de Javier Fernández en estos años, han sido años muy duros, en los que ha tocado una mayoría conservadora en Europa y también en España, que han impuesto una serie de compromisos fiscales que han complicado mucho la gestión política. En cualquier caso, el gobierno socialista en Asturias ha minimizado esos costes y ha mantenido el grueso de las políticas de cohesión social o las ha expendido. En los últimos años hemos visto no solamente inaugurarse el HUCA sino también el hospital de Mieres, se han congelado las tasas universitarias, se ha mantenido el compromiso con la escuela rural, toda una serie de políticas que son costosas pero que se han mantenido por un compromiso social claro y con dificultades, porque los objetivos de déficit había que cumplirlos igual y esas políticas sociales cuestan y hay que pagarlas. La ciudadanía asturiana ha apoyado mantener esas políticas de cohesión social a cambio de una mayor presión fiscal especialmente para los que más tienen; hemos visto la campaña contra el impuesto de sucesiones que me parece absolutamente regresiva. En estos momentos en que la crisis desde un punto de vista macro ha dejado paso a un proceso de recuperación, por otra parte muy desigual porque los trabajadores tienen muchos menos instrumentos para forzar una redistribución de la renta en las empresas por la reforma laboral del PP, todo esto necesita una revisión, una apuesta de futuro, para pensar en qué van a ofrecer los socialistas a los asturianos en 2019 y forma parte de la normalidad que haya una nueva dirección, un cambio generacional y que nos centremos en ver cuál puede ser la oferta programática que podemos construir en este año y medio teniendo en cuenta que las directrices y el entorno son distintas al que cuando se inició el primer gobierno de Javier Fernández; y en eso está el partido.

–¿Se ve volviendo a la política asturiana a medio o largo plazo?

–Cuando decidí incorporarme a la política activa en 2014 llevaba más de diez años en el sector privado, había tenido una participación muy activa en las juventudes socialistas en la universidad y antes, fui cofundador del Conseyu de la Mocedá d’Uviéu, y cuando acabé la carrera me fui a Madrid, decidí seguir estudiando y me incorporé al sector privado. En el 14 el partido me ofreció incorporarme a las listas europeas y no fue una decisión sencilla, lo hice y aquí estoy muy contento. Mi compromiso es cumplir mi mandato con los electores, que acaba en el 2019 y después no tengo planes. En cualquier caso, no estoy pensando en participar en política regional asturiana.

–Usted fue uno de los militantes que defendió públicamente la enmienda a favor de la oficialidad del asturiano.

–Por fin se ha logrado una victoria en el partido por la que llevábamos peleando muchos años y muchas personas décadas, siempre habíamos perdido, por poco la verdad; y esta vez ha habido una mayoría amplia que ha respaldado esta revisión que, por otro lado, es también un paso más sobre las políticas lingüísticas que habían hecho los gobiernos socialistas en el pasado. En mi opinión se necesitaba dar este paso para poder seguir desarrollando el poder mantener y poner en valor el legado cultural no sólo del asturiano sino del conjunto de la cultura asturiana. En este año y medio el partido tiene que estructurar ese programa de cara a las elecciones y después ver en qué medida los ciudadanos lo apoyan y qué mayorías hay en el parlamento para impulsarlo. En cualquier caso, yo he escuchado algunas críticas estas semanas que no van al núcleo de la cuestión. Por ejemplo, decir que la oficialidad supondrá una imposición es desconocer lo que puede ser la oficialidad; para que los padres puedan elegir, si quieren que sus hijos estudien asturiano o no, necesitamos la oficialidad para que sea una lengua que se pueda estudiar en todas las escuelas, no solamente en algunas, así se garantiza esa voluntariedad. Y también porque en el mundo global en el que vivimos, yo me paso las semanas entre Bruselas y Estrasburgo, hace unas semanas estaba en Washington, ando por los aeropuertos como quien dice; en mi opinión, para participar en ese mundo tienes que aportarle algo. Dicho de otra manera, yo no creo que haya que proteger el asturiano y la cultura asturiana como una especie de legado milenario que hay que mantener en una caja y prolongarlo por generaciones como si fuese el Santo Grial y que nos cierre en una especie de provincianismo en torno a nosotros mismos. Eso es algo que hemos visto en Cataluña, como en una región cosmopolita y abierta, el nacionalismo los ha ido cerrando a un provincianismo absolutamente deleznable; sino que es al contrario. Para conseguir que Asturias tenga una presencia global, para desarrollar la vocación internacionalista del asturiano, por otra parte, que siempre ha sido así, tenemos asturianos por todo el mundo, también por necesidad, pero también con una vocación de conquistar el mundo; pues necesitamos hacerlo con activos. Y yo entiendo que nuestra cultura, nuestra lengua, es un activo que tenemos que poner en valor para poder participar del mundo con algo que aportar; no ser un número más en un avión camino de un aeropuerto desconocido. Una lengua viva, que no tenga un ánimo parroquial sino que aspire a contar una historia universal, citando el libro de Xuan Bello.

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