12Oct
2017
Escrito a las 6:51 am

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 12 de octubre de 2017

Ante el desafío constitucional que los independentistas catalanes han lanzado al conjunto del país y a Europa, ha quedado en estas semanas poco tiempo para analizar el resultado de las elecciones alemanas. Estos comicios deciden, sin duda, la evolución de este gran país en los próximos años, pero tendrán también un efecto extraordinario sobre la senda de la Unión Europea, en un momento donde se comienza, por fin, a discutir su futuro. Este año ha sido complicado para la Unión. El inicio de las negociaciones del Brexit, las elecciones francesas y holandesas, junto a las propias alemanas, han marcado un ejercicio de impasse a la espera de conocer la geometría política que deberá definir la agenda hasta final de la legislatura europea en 2019 y más allá. Muchas iniciativas legislativas han estado bloqueadas y otras pendientes de ver la luz pendientes de las mayorías políticas que deberán concretar las distintas reformas.

En primer lugar, Angela Merkel ha logrado obetener su cuarta victoria electoral, si bien ha dado muestras una erosión sustancial y se enfrenta a una dificil negociación para conformar gobierno. Por una parte, su partido hermano, la CSU, ha presentado una lista de exigencias muy conservadoras, especialmente en la acogida a los refugiados y en la política europea que le está generando un grave problema en su propia casa. Recordemos que la CSU tiene elecciones regionales en su land, Baviera, el próximo año y sus resultados en estas elecciones generales han sido malos y todo apunta a que se está escorando más hacia la derecha. Pero, además, Mekel tendrá que negociar con los liberales del FPD que vuelven al Bundestag después de una legislatura fuera de la cámara tras su gobierno de coalición con la CDU-CSU entre 2009 y 2013. La cuestión es que los liberales alemanes tienen poco que ver con el social-liberalismo de Macron en Francia y han adoptado un discurso euroescéptico, temeroso de cualquier avance en la zona euro, con el que han capturado parte del voto de los ahorradores alemanes. Y, por último, ese gobierno necesita del concurso de los Verdes que, aunque ecologistas y formalmente más eurófilos, tampoco militan en las apuestas federalizantes más ambiciosas para construir un pilar fiscal. Los votantes verdes no dejan de ser profesionales y urbanitas jóvenes dispuestos a elevar la tributación indirecta para combatir el cambio climático, pero menos amigos de la redistribución de la renta vía imposición directa y con más dudas cuando se trata de mutualizar riesgos con países del sur de la Unión. No será fácil, pues, para Merkel configurar esta coalición, que se ha venido a llamar “Jamaica” por los colores de la bandera de ese país caribeño que coinciden con los de los partidos que probablemente la conformen.

En segundo lugar, es evidente el varapalo para la socialdemocracia alemana en estas elecciones. A diferencia de la llegada al poder de Willy Brandt en 1969, tras un gobierno de gran coalición liderado por el centro-derecha, en esta ocasión los socialdemócratas alemanes no lograron emular ese camino y se han quedado con el peor resultado tras la restauración de la Alemania constitucional. Ni siquiera Martin Schulz que aterrizó en su país a inicios de año para liderar esta campaña, sin participación personal en el reciente gobierno de gran coalición, les ha librado a mis compañeros de esta derrota. Análisis vendrán tras este resultado apuntando a la erosión de compartir gobierno con Ángela Merkel y errores en la planificación de la campaña, que estuvo marcada por comicios regionales que desviaron la atención de la ciudadanía durante buena parte de la primavera. En todo caso, el SPD ha anunciado que se pasa a la oposición, aunque tampoco hay nada escrito acerca de que desde fuera del gobierno se ganan o se pierden más apoyos electorales.

Por último, la entrada de la extrema derecha, Alternativa por Alemania, como tercer grupo parlamentario en el Bundestag es altamente preocupando. Sin duda, no tendrán capacidad ejecutiva para empujar al gobierno hacia uno u otro sitio, pero podrá presentar sus iniciativas y de una forma u otra encontrarán la manera de estar presente en el debate público.

En fin, parece evidente que Alemania se ha escorado a la derecha y la salida del SPD del gobierno, aunque necesaria en términos de salud democrática, tendrá efectos muy negativos sobre la propia Alemania y, especialmente preocupante desde Bruselas, para el futuro de la Unión. En los últimos años, aun siempre en el último minuto y con el menor esfuerzo posible, el gobierno alemán ha dado los pasos estrictamente necesarios para que la zona euro no estallara. En estos momentos, muchos compartimos una inquietud sobre el compromiso de ese nuevo gobierno “Jamaica” con las reformas que tanto necesita la Unión. Esperemos, en todo caso, a esas negociaciones. Estaremos pendientes porque nos jugamos la definitiva salida de la crisis y la garantía de que ante futuras recesiones, la zona euro cuente con los instrumentos necesarios para afrontarlas adecuadamente.

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