Tengo el honor de formar parte de la delegación del Parlamento Europeo que en estos momentos se encuentra en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional en Washington. Una agenda intensa que, a lo largo de cuatro días, nos permitirá conocer con detalle las estrategias de esta organización internacional que desempeña un importante en el sistema económico mundial. 

 

El martes 17 de octubre,  a las 20: 00, presentaré mi libro “Crónicas Europeas” en el Club de Prensa Asturiana (calle Federico García Lorca, 7, Oviedo). En ella intervendrán Ángeles Rivero, directora de La Nueva España, Eva Pando, directora general del Instituto de Desarrollo Económico del Principado de Asturias (IDEPA), Pedro de Silva, abogado y escritor, y yo mismo. Sería un placer poder contar con tu presencia.

Escrito a las 6:51 am

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 12 de octubre de 2017

Ante el desafío constitucional que los independentistas catalanes han lanzado al conjunto del país y a Europa, ha quedado en estas semanas poco tiempo para analizar el resultado de las elecciones alemanas. Estos comicios deciden, sin duda, la evolución de este gran país en los próximos años, pero tendrán también un efecto extraordinario sobre la senda de la Unión Europea, en un momento donde se comienza, por fin, a discutir su futuro. Este año ha sido complicado para la Unión. El inicio de las negociaciones del Brexit, las elecciones francesas y holandesas, junto a las propias alemanas, han marcado un ejercicio de impasse a la espera de conocer la geometría política que deberá definir la agenda hasta final de la legislatura europea en 2019 y más allá. Muchas iniciativas legislativas han estado bloqueadas y otras pendientes de ver la luz pendientes de las mayorías políticas que deberán concretar las distintas reformas.

En primer lugar, Angela Merkel ha logrado obetener su cuarta victoria electoral, si bien ha dado muestras una erosión sustancial y se enfrenta a una dificil negociación para conformar gobierno. Por una parte, su partido hermano, la CSU, ha presentado una lista de exigencias muy conservadoras, especialmente en la acogida a los refugiados y en la política europea que le está generando un grave problema en su propia casa. Recordemos que la CSU tiene elecciones regionales en su land, Baviera, el próximo año y sus resultados en estas elecciones generales han sido malos y todo apunta a que se está escorando más hacia la derecha. Pero, además, Mekel tendrá que negociar con los liberales del FPD que vuelven al Bundestag después de una legislatura fuera de la cámara tras su gobierno de coalición con la CDU-CSU entre 2009 y 2013. La cuestión es que los liberales alemanes tienen poco que ver con el social-liberalismo de Macron en Francia y han adoptado un discurso euroescéptico, temeroso de cualquier avance en la zona euro, con el que han capturado parte del voto de los ahorradores alemanes. Y, por último, ese gobierno necesita del concurso de los Verdes que, aunque ecologistas y formalmente más eurófilos, tampoco militan en las apuestas federalizantes más ambiciosas para construir un pilar fiscal. Los votantes verdes no dejan de ser profesionales y urbanitas jóvenes dispuestos a elevar la tributación indirecta para combatir el cambio climático, pero menos amigos de la redistribución de la renta vía imposición directa y con más dudas cuando se trata de mutualizar riesgos con países del sur de la Unión. No será fácil, pues, para Merkel configurar esta coalición, que se ha venido a llamar “Jamaica” por los colores de la bandera de ese país caribeño que coinciden con los de los partidos que probablemente la conformen.

En segundo lugar, es evidente el varapalo para la socialdemocracia alemana en estas elecciones. A diferencia de la llegada al poder de Willy Brandt en 1969, tras un gobierno de gran coalición liderado por el centro-derecha, en esta ocasión los socialdemócratas alemanes no lograron emular ese camino y se han quedado con el peor resultado tras la restauración de la Alemania constitucional. Ni siquiera Martin Schulz que aterrizó en su país a inicios de año para liderar esta campaña, sin participación personal en el reciente gobierno de gran coalición, les ha librado a mis compañeros de esta derrota. Análisis vendrán tras este resultado apuntando a la erosión de compartir gobierno con Ángela Merkel y errores en la planificación de la campaña, que estuvo marcada por comicios regionales que desviaron la atención de la ciudadanía durante buena parte de la primavera. En todo caso, el SPD ha anunciado que se pasa a la oposición, aunque tampoco hay nada escrito acerca de que desde fuera del gobierno se ganan o se pierden más apoyos electorales.

Por último, la entrada de la extrema derecha, Alternativa por Alemania, como tercer grupo parlamentario en el Bundestag es altamente preocupando. Sin duda, no tendrán capacidad ejecutiva para empujar al gobierno hacia uno u otro sitio, pero podrá presentar sus iniciativas y de una forma u otra encontrarán la manera de estar presente en el debate público.

En fin, parece evidente que Alemania se ha escorado a la derecha y la salida del SPD del gobierno, aunque necesaria en términos de salud democrática, tendrá efectos muy negativos sobre la propia Alemania y, especialmente preocupante desde Bruselas, para el futuro de la Unión. En los últimos años, aun siempre en el último minuto y con el menor esfuerzo posible, el gobierno alemán ha dado los pasos estrictamente necesarios para que la zona euro no estallara. En estos momentos, muchos compartimos una inquietud sobre el compromiso de ese nuevo gobierno “Jamaica” con las reformas que tanto necesita la Unión. Esperemos, en todo caso, a esas negociaciones. Estaremos pendientes porque nos jugamos la definitiva salida de la crisis y la garantía de que ante futuras recesiones, la zona euro cuente con los instrumentos necesarios para afrontarlas adecuadamente.

Artículo publicado en  “Cinco Días”  el 7 de octubre de 2017

La situación de Cataluña ha llegado ya a unos niveles de inestabilidad absolutamente insoportables. La aprobación en el Parlament a principios de septiembre de las leyes para la convocatoria de un referéndum y la de desconexión posterior incumpliendo el reglamento de la cámara, el Estatut y la propia Constitución, seguido por la organización por parte de la Generalitat de esa consulta ilegal, bajo la pasividad de la policía autonómica desobedeciendo un claro mandato por parte de las autoridades judiciales han situado a Cataluña ante el abismo.

Desde entonces, nos enfrentamos a dos problemas. Por una parte, el encaje de Cataluña en el conjunto del país que está obviamente sin resolver. Y, por otra, las últimas decisiones de las autoridades autonómicas de Cataluña han situado a esa comunidad fuera del Estado de Derecho. Esta situación nos interpela, nos interroga, sobre los posibles caminos que debemos tomar. Sin duda, el diálogo es el instrumento para encauzar esta crisis, pero para ello debemos retornar al Estado de Derecho. No hay negociación posible si no se comparte un marco conceptual común, y ése, en una democracia, no puede ser otro que la Constitución y sus cauces.

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30Sep
2017
Escrito a las 8:01 pm

Invitado por la Red Asturiana de Desarrollo Rural (READER), participé este viernes en una jornada sobre “Europa y el medio rural asturiano”. Un desarrollo necesario para nuestro campo en el que ocupa una posición central el eje LEADER, que cede la iniciativa de planificación a las comunidades locales de cada territorio rural, las cuales, organizadas en Grupos de Acción Local (asociaciones público-privadas de funcionamiento asambleario), elaboran y ejecutan una estrategia de desarrollo para dicho territorio aprovechando sus recursos.

Asimismo, pude visitar la Feria del Campo y de las Industrias Agrícolas, Ganaderas, Forestales y Pesqueras (AGROPEC 2017). Sin duda, una de las ferias agropecuarias más relevantes a nivel nacional y punto de encuentro obligado para los profesionales del sector.

 

 

28Sep
2017
Escrito a las 7:50 am

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 28 de septiembre de 2017

El pasado domingo, 24 de septiembre, se celebraban las elecciones alemanas, una cita que conforma el parlamento que sustenta al gobierno nacional con mayor peso en el Consejo Europeo. Sin ninguna duda, esos comicios tienen un impacto enorme tanto en el avance o no de este proyecto constituyente de la Unión, como en la negociación de la legislación europea ordinaria. Y teniendo en cuenta el peso extraordinario de las decisiones de las instituciones europeas en nuestra vida diaria, aunque a veces no lo apreciemos, enfrento el debate sobre el referéndum y las reclamaciones de independencia de Cataluña como una pesadilla de difícil digestión.

No comparto, ni logró entender los sentimientos nacionalistas. El nacionalismo es la guerra, como dijo Miterrand, aunque en esta vieja Europa, una y otra vez, renace de sus cenizas. Podríamos retrotraernos al surgimiento de las visiones románticas nacionalistas del siglo XIX, pasando por la visión wilsoniana por la que cada “nación” debería configurarse en Estado o recordar los años de represión franquista. Podemos también debatir sobre el choque de legitimidades entre el voto popular y las decisiones de los parlamentos catalán y español frente al criterio del Tribunal Constitucional en torno al Estatut. Pero más allá de estas discusiones, es evidente que la democracia española ha tenido serias dificultades para encuadrar esas voluntades particularistas en un proyecto común en el marco de desarrollo de la Unión Europea.

Ciertamente, habría que preguntarse hasta qué punto esa pulsión nacionalista en algunas comunidades de España ha querido participar lealmente de la reconstrucción de un Estado democrático, así como de la voluntad del nacionalismo español para darles acomodo. Pero en todo caso, es evidente que hay un problema que no hemos sabido resolver.

Con independencia de todas estas tribulaciones, el Estado de Derecho no puede tolerar la celebración de un referéndum ilegal. La aprobación sin base jurídica o competencial alguna, por mayoría simple y en un formato exprés aleja al “procés” de cualquier atisbo de legitimidad. Podemos discutir cuáles son las herramientas oportunas para abortar esa convocatoria pero resulta indiscutible que, a corto plazo, la democracia española debe comportarse como lo haría cualquier, insisto, Estado de Derecho. No puede haber ofensa alguna que justifique la voluntad manifiesta de no observar la ley en un Estado democrático.

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