Artículo publicado en Contexto el 25 de marzo de 2017

El proyecto europeo se ha politizado. Desde la firma del Tratado de Roma hace ya 60 años, efeméride que ahora celebramos, el proceso de construcción europea estuvo liderado por políticos, altos funcionarios y académicos que deseaban acabar con la historia de guerras civiles en el seno de Europa. La ciudadanía respaldó esta aventura como un depósito de confianza en sus líderes pero, honestamente, sin un fervor europeísta ampliamente compartido. De este modo, hemos ido construyendo Europa, pero echando de menos la constitución de ese auténtico demos europeo. Ahora bien, ese mundo se ha acabado.

 Desde el fracaso de la non nata Constitución Europea, se ha comenzado a fraguar en muchos países de la Unión ese discurso nacionalista que se ha alimentado de la incorrecta gestión de la crisis, y de los retos posteriores en la gestión de los refugiados o en los actuales problemas de seguridad, junto al desafío del Brexit. La crisis económica rompió la confianza norte-sur. Los países del norte comenzaron a aportar financiación para rescatar a varios países mediterráneos y a Irlanda y, con ello, se inició un discurso contra los supuestos despilfarros de Estados como el nuestro. Y en el sur, por otra parte, se generó un sentimiento de rencor ante quienes nos exigían duros ajustes como contrapartida de esas ayudas. En la crisis de refugiados, la fractura norte-sur se amplió a este-oeste. Los países de la Europa occidental intentaron dar una respuesta más solidaria ante las personas que huían de la guerra y la miseria más allá de nuestras fronteras. Por contra, al este, naciones muy homogéneas étnicamente apostaron por elevar muros ante la llegada de refugiados. A su vez, la crisis de seguridad está golpeando a todos los europeos y el Brexit supone un desafío para toda la Unión. Todas estas crisis han bloqueado el funcionamiento ordinario del proyecto y lo han puesto en una encrucijada.
Ante esta situación, la Comisión Europea, hastiada de pelear con los Estados para avanzar en la integración, único camino, por otra parte, para intentar resolver estos y otros desafíos, ha decidido poner a los Estados ante su espejo. El Libro Blanco sobre el futuro de la Unión, recientemente publicado, plantea cinco opciones de futuro, un menú al que deben responder los Estados. De algún modo, la Comisión ha renunciado a ejercer el liderazgo europeísta al proponer estas opciones, algunas de las cuales podrían representar un paso atrás sin precedentes. No comparto, por tanto, el estilo de ese Libro Blanco pero, de algún modo, debería ser útil, al menos, para reflexionar.

Desde la izquierda, no puede haber otro compromiso que continuar en el proceso de construcción europea, que no es otra cosa que la puesta en planta de una institución pública para la intervención y la redistribución. Los Estados nación han perdido de facto la soberanía, no por cesiones a Europa, sino por el nuevo entorno en el que nos ha tocado vivir, marcado por los mercados globales. Creer que la vuelta al Estado nación es un refugio ante la adversidad no deja de ser una ensoñación, que como casi todas esconde la miseria y la división. Por ello, la construcción europea no es otra cosa que la recuperación de la soberanía efectiva, si bien su implementación para avanzar en los valores progresistas necesita de mayorías políticas que lamentablemente no hemos conseguido en los últimos años. No podemos alejarnos de Europa porque ahora haya una mayoría conservadora. Fuera de Europa no habrá izquierda posible, porque no habrá institución pública alguna para intervenir en los mercados.

Ante esta realidad, los socialistas españoles apostamos claramente por una Europa federal, vía que aparece en el menú de la Comisión. Ahora bien, ese camino necesita del consenso de todos los Estados miembros y parece que algunos de ellos no están por esa labor. Por ello, no podemos caer rehenes de aquellos países más escépticos, debemos buscar otras opciones para seguir construyendo Europa.

Para resolver esta disyuntiva, el Libro Blanco de la Comisión ofrece también la opción de avanzar en una Europa de círculos concéntricos, un modelo flexible, donde no todos los Estados deban comunitarizar las mismas políticas. De algún modo, la unión monetaria o la zona Schengen representan ya ejemplos de ese camino de integración. Sin duda, esta opción supone un second best, pero no podemos cruzarnos de brazos ante los discursos euroescépticos de algunos países. Ahora bien, el avance en esa Europa flexible exige algunos condicionantes adicionales.

 En primer lugar, cualquier cooperación reforzada, ya sea para dotar de un pilar fiscal a la zona euro, avanzar en las políticas sociales o adoptar una política única de defensa y seguridad, debe estar abierta a todos los Estados, con independencia de que se incorporen desde el inicio o más adelante. La Unión es un proyecto inclusivo y, aunque no debamos paralizarnos por los Estados con más dudas, tampoco podemos dejarlos fuera sine die. Por lo tanto, cualquier avance debe contemplar un sistema de incorporación a futuro.

En segundo lugar, aunque no por ello menos relevante, los nuevos avances deben seguir fielmente el método comunitario y no suponer un reforzamiento del modelo intergubernamental que ha primado en los últimos años.

Esta condición podría parecer un mero detalle técnico, pero resulta central en el proyecto europeo para garantizar la legitimidad democrática de la Unión y, por lo tanto, los propios valores sobre los que se asienta este proyecto. En los últimos años y al calor de la crisis económica, los Estados decidieron poner en común nuevas reglas fiscales, un fondo europeo para financiar rescates o la constitución del Fondo Único de Resolución para abordar crisis bancarias. Estas nuevas políticas, aun siendo “europeas”, no han sido incrustadas en el acervo comunitario de la Unión, de modo que ni la Comisión ejerce un papel ejecutivo en su implementación, ni el Parlamento Europeo las controla. De este modo, suponen sólo reglas a las que los Estados se atan, pero sin la presencia de instituciones que las ejecuten en el marco de un modelo nítidamente democrático. Así pues, en estos momentos, Europa estudia cómo introducir tales avances en el modelo de la Unión, y no puede ser que nuevos avances se vehiculen a través de tratados intergubernamentales.

En los próximos meses, Europa afrontará elecciones clave en Francia, Alemania y quizá en Italia. Estoy convencido de que a finales de año, los europeístas habremos vencido en cada una de estas citas y probablemente la representación de la izquierda gane peso en las instituciones europeas. Estas citas con las urnas servirán para enfrentar esos discursos nacionalistas y populistas, y movilizarán a su vez a la ciudadanía comprometida con Europa. Habremos politizado para bien el proyecto europeo. Habremos dado un paso adelante en la constitución del demos europeo.

Se abrirá entonces una ventana de oportunidad para mantenernos unidos en la negociación del Brexit que, de algún modo, tendrá que ser revalidado en el Reino Unido y aún está por ver que finalmente se vaya. Pero ese tiempo también será vital para avanzar en la construcción europea, como única respuesta a los desafíos del presente y la opción necesaria para viabilizar políticas progresistas, ante la incapacidad técnica de los Estados nación para impulsar políticas de redistribución.

Por ello, el proyecto europeo, más que nunca, es la única opción para recuperar la soberanía y ejercerla desde una visión de conjunto. Pero dependerá de las urnas que ese poder político impulse medidas conservadoras o progresistas. Mantengamos la confianza en la Unión y peleemos por una mayoría de izquierdas en las instituciones.

En los últimos coletazos del rescate a Chipre, en los primeros meses de 2013, un recién nombrado presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, realizaba unas declaraciones públicas alertando no sólo de que los depósitos chipriotas tendrían que asumir pérdidas derivadas de la necesaria recapitalización bancaria, sino que esa herramienta sería un modelo para el resto de programas en otros países. Tales declaraciones elevaron las tensiones financieras de la zona euro, unos meses después de que el Consejo Europa impulsara la creación de la unión bancaria.

Desde entonces, hemos conocido un Dijsselbloem algo menos aventurero, aunque siempre altanero, e incluso sorprendió con su veloz visita a Atenas tras las primeras elecciones en las que venció Syriza, con la que quiso evidenciar una vocación de entendimiento con el nuevo Gobierno. Sin embargo, su reciente entrevista a un medio de comunicación alemán, comparando a los países que han solicitado un rescate con una persona que pide ayuda para “gastarlo en alcohol y mujeres” lo han vuelto a poner en el ojo del huracán, justo en un momento donde parece que estuviera intentando mantenerse al frente al Eurogrupo, aún tras dejar el Gobierno holandés, como se prevé, en los próximos meses. Estas inaceptables declaraciones y la ausencia de cualquier tipo de disculpa deben conllevar la dimisión inmediata de Dijsselbloem al frente del Eurogrupo.

En estos ya cuatro años de mandato, Dijsselbloem ha asumido el rol de halcón fiscal sobre todos los países con algún tipo de programa. Especialmente en el caso griego, hemos asistido a una batalla soterrada entre Moscovici, el comisario de Hacienda de la UE, y el propio Dijsselbloem sobre la condicionalidad de los rescates, así como por la generosidad de la financiación ofrecida. Desde el inicio de la actual legislatura europea, la Comisión ha ido suavizando la aplicación del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y ha evitado introducir nuevas multas como la que podría haber recaído en España y Portugal por no alcanzar los objetivos presupuestarios de 2015. Sin embargo, desde el Eurogrupo, Dijsselbloem siempre ha mantenido la estrategia del palo, sin zanahoria alguna, con un estilo, por otra parte, alejado de las formas más ortodoxas del debate político europeo, mostrando en ocasiones una arrogancia insoportable. Parece que ha llegado a su fin.

En todo caso, las declaraciones de Dijsselbloem deben abrir un debate sobre la propia naturaleza del Eurogrupo, el avance de la Europa intergubernamental y la erosión así de la legitimidad democrática de las decisiones fiscales y el control presupuestario.

La zona euro descubrió en esta crisis que la Unión se parecía demasiado a un acuerdo de tipo de cambio fijo y poco a una autentica unión monetaria. Y además tardó mucho tiempo, tanto como para pasar de una crisis financiera a otra de naturaleza fiscal. Solo fue entonces cuando el Consejo Europeo asumió el riesgo real de ruptura del euro y activó nuevas políticas comunes. Así, se crearon distintos fondos hasta la constitución del MEDE para socorrer a los países más endeudados, sujetos a una condicionalidad estricta, y se aprobó un nuevo tratado de gobernanza fiscal que estrechó aún más el control presupuestario. Pero además, se inició el camino para la constitución de la unión bancaria, que aún está pendiente del seguro de depósitos común.

Estas medidas han ayudado a estabilizar la zona euro aunque, sin duda, había otro paquete de políticas alternativas en el menú, susceptible de ser impulsado por mayorías políticas distintas, que podrían haber abordado la crisis con menores costes. Pero, en todo caso, gran parte de esas nuevas políticas europeas se han implementado exclusivamente por parte de los Estados de la zona euro, sin involucrar a las instituciones comunitarias. El Tratado de constitución del MEDE, el de gobernanza fiscal o incluso la creación del Fondo Único de Resolución han sido aprobados por acuerdos intergubernamentales, situando por lo tanto al Eurogrupo en el centro del tablero europeo, una institución sin control parlamentario directo.

Probablemente, la velocidad y dureza de la crisis forzó a esta integración acelerada basada en el método intergubernamental, pero lo cierto es que el sistema ahora falla por su base y necesita una revisión profunda para integrarlo en el acervo propiamente comunitario. En este sentido, en los últimos años se han publicado varios documentos institucionales como el firmado por los 5 Presidentes sobre el futuro de la unión monetaria, o un paquete de tres informes sobre la mejora de la zona euro y de la Unión en su conjunto, recientemente aprobados por el Parlamento Europeo. Con mayor o menor intensidad, en estos documentos se plantean la introducción del MEDE en el constitucionalismo europeo, como la base de un Tesoro común, y la creación de instrumentos fiscales de la eurozona para hacer frente a futuras crisis. Pero además, en uno de los textos del Parlamento se defiende la formalización del propio Eurogrupo, como órgano de la coordinación económica en la Unión, pero bajo presidencia del comisario encargado de los asuntos monetarios y, por lo tanto, con plena rendición de cuentas ante Estrasburgo.

Dijsselbloem debe dimitir no solo por el uso soez del lenguaje, sino por prolongar esa visión maniquea de Europa, donde supuestamente en el sur gastamos demasiado y el norte nos ahoga con sus recortes. Es el momento para superar estos debates y buscar espacios de encuentro y de entendimiento mutuo, para relanzar con un nuevo impulso el proyecto europeísta. Y estoy seguro que al final del año, cuando hayan pasado citas electorales importantes, estaremos en el momento oportuno.

21Mar
2017
Escrito a las 9:25 am

Este martes hemos recibido la visita en Bruselas de un grupo muy especial. El año pasado decidimos participar con un modesto stand en la Feria de Muestras de Gijon con el objetivo de difundir lo que aquí hacemos y recibir sugerencias y peticiones de los ciudadanos. Fue una gran experiencia que este año repetiremos. Se nos ocurrió realizar un sorteo entre la gente interesada para invitarles a conocer el Parlamento en el marco del programa que el Parlamento tiene para invitar anualmente a ciudadanos para conocer el Parlamento Europeo. La casualidad quiso que además el grupo pudiera participar en los actos de conmemoración del 60 aniversario del Tratado de Roma, hecho que, sin duda, enriqueció su visita.

16Mar
2017
Escrito a las 5:05 pm

Artículo publicado en mi sección quincenal “Tarjeta Azul” de La Nueva España el 16 de marzo de 2017

El sábado 25 de marzo se celebra en la capital italiana una gran manifestación ciudadana para celebrar el 60 Aniversario del Tratado de Roma. La cita coincide con una Consejo Europeo Extraordinario donde los Jefes de Estado o de gobierno deberán redoblar el compromiso de sus países con el proyecto europeísta y, de alguna manera, dar respuesta al libro blanco que la Comisión publicó hace unas semanas sobre las distintas hojas de ruta para la Unión. La efeméride coincidirá con la inminente activación del artículo 50 por parte del Reino Unido, trámite que dará pistoletazo de salida a la negociación del Brexit, y se cristalizará nuevamente las tensiones con los países del Grupo de Visegrado que aúna a Hungría, la República Checa, Eslovaquia y Polonia, que deben asumir un compromiso más ambicioso con la UE que no se limite a participar del mercado interior. En todo caso, el Consejo Europeo deberá apostar por alguna de las opciones que ha planteado la Comisión, aunque los grandes países ya han dado algunas pistas.

 

El Libro Blanco de la Comisión presenta cinco opciones de futuro. La primera de ellas plantea un desarrollo ordinario sobre los compromisos previos, desplegando el mercado interior hacia las telecomunicaciones, energía y mercados de capitales y financieros, con apenas pasos adicionales en la unión política. El segundo escenario supone una notable involución sobre el presente, regresando simplemente a un mercado único. En el tercero, la Comisión apuesta por cooperaciones reforzadas en aquellas áreas donde haya un mínimo de países dispuestos a avanzar más rápidamente en una especie de una Unión a múltiples velocidades, que complicaría en grado sumo, por otra parte, la gobernabilidad democrática de tal modelo. En el cuarto, se presenta una vía de avances muy concentrados y seleccionados con el propósito de hacer más con menos. Y, por último, como quinta opción se apuesta por una Europa que avance bajo un prisma federal en todos y cada uno de los campos. 

 

En términos generales, el Libro Blanco supone una cierta rendición de la Comisión Europea, institución que además de velar por el cumplimiento de los Tratado, debe ejercer el liderazgo europeísta. Este documento con varios escenarios, algunos de los cuales supone una vuelta atrás, supone un cierto entreguismo a las fuerzas nacionalistas que están consumiendo Europeo. En todo caso, el informe tiene una cierta virtud: pone a los Estados ante su espejo y les exige un claro compromiso en cualquier de las vías que decidan adoptar.

Los grandes países, Alemania, Francia, Italia y España, parecen haber elegido en la cumbre informal de la semana pasada transitar por la opción tercera, caminando así hacia una Europa de varias velocidades, de círculos concéntricos, que reforzaría el método intergubernamental frente al comunitario, dificultando la construcción de una unión política. Por otra parte, también es cierto que los nuevos avances no pueden acabar prisioneros de los países más euroescépticos, con gobiernos en muchos países del Este dispuestos a retomar el papel del Reino Unido durante las pasadas décadas y bloquear cualquier avance. Así pues, el escenario no resulta sencillo.

 

Por ello, la manifestación de Roma, contraprogramada con marchas antieuropeas organizadas por otras organizaciones políticas, es absolutamente oportuna y necesaria en un momento donde el proyecto europeísta se ha, por fin, politizado. Esta politización debe ser bienvenida, después de décadas, donde la Unión parecía un proyecto de técnicos, académicos y altos funcionarios y debe ser útil para constituir ese demos europeo que tanto echamos en falta. En este sentido, en las últimas semanas hemos visto organizarse en toda Europa nuevos movimientos ciudadanos que bajo el título de “Pulso por Europa” están ocupando ya las plazas de las principales ciudades europeas, que pronto tendrá impacto directo también sobre nuestro país.  Estas iniciativas son más que bienvenidas y deben confrontar políticamente con todo ese submundo nacionalista que hay que combatir. Es el momento del compromiso. Todos y todas en Roma.

 

 

 

 

14Mar
2017
Escrito a las 9:32 am

Este martes he mantenido una interesante reunion de trabajo con Pierre Moscovici, Comisario de Asuntos Económicos en la que hemos abordado la necesidad de que la UE avance en materia de recursos propios y que abordemos de manera decidida el tránsito de los beneficios del BCE al presupuesto comunitario. Esperemos que pronto podamos tener buenas noticias.

Os dejo el link de la noticia publicada en Expansión haciéndose eco de la reunion:

http://www.expansion.com/economia/2017/03/15/58c917f8e5fdeac92d8b468e.html